AGOTADO

EL CORAZÓN Y LA ESPADA

LIBRO. PROSA. NOVELA HISTÓRICA.
 EN CASTELLANO Y EN EXTREMEÑO.
1999. (500 pgs.) (17 euros)
Distribuidor oficial: LIBRERÍA BOXOYO. 
Plaza del Conde de Canilleros s/n, Cáceres.
Tlno.:927-627286
  boxoyo@boxoyolibros.com )

El CORAZÓN Y LA ESPADA consta de veinte relatos históricos ambientados en el norte de Extremadura desde el siglo VII hasta la actualidad, que narran hechos acaecidos en la Sierra de Gata, Tierras de Coria, Las Hurdes, Cáceres, Tierras de Alcántara, Mérida, Portugal y Castilla-León.:

LA CONDESA TEUDOSINDA
ZELINDA
LA FUENTE DEL REY
UNA TORRE PARA FRAY MIGUEL
LA MALDICIÓN DE MARIÁN
BIENVENIDA
LA JUSTICIA DEL ROLLO
LA SINGULAR HISTORIA DE ALONSO Y CATALINA
EL CORAZÓN COMIDO
EL MILAGRO DE LA CERA
EL CRISTO DEL CONSUELO
LA FUENTE DEL MOGAL
LA MUERTE ENAMORADA
NOCHE DE DIFUNTOS
LAS BRUJAS DE LA ATALAYA
LA NOCHE EN QUE MATARON A VARRÓN
LA TÍA LUMINADA
TODO UN CARÁCTER
EL CRIMEN DE LA AURORA BOREAL
EL TIEMPO DE LOS SECRETOS 

Aquí hay tres de ellos: 

LA SINGULAR HISTORIA 
DE
 ALONSO Y CATALINA 

UNO

            Al primer toque de la campana de la iglesia, saltó Alonso del lecho como si lo llamaran a él personalmente. Se puso a toda prisa sus calzas de Brujas, se endosó el jubón de hilo de Holanda y se calzó sus borceguíes cordobeses. Se hizo un lavado de gato en el aguamanil que había junto al alféizar de la ventana y salió corriendo escaleras abajo a tal velocidad que casi se lleva por delante a la enorme Lucrecia, ama de llaves, cocinera y nodriza de la casa y que en aquellos momentos estaba atravesando el patio con una gran artesa llena de dulces a la cabeza.
-¡Cristo bendito! ¿Pero a dónde vas con esas prisas, criatura? ¡A pique has estado de tirarme los bollos del desayuno! ¡Se lo voy a decir a tu madre, barbián, chingarrabel, achiperre!
Pero Alonso, que sabía de qué pie cojeaba su nodriza, abarcándola por la cintura —es decir: abarcando lo que buenamente podía abarcar de su cintura— empezó a girar con ella en un improvisado baile y a regalarle los oídos con sus zalameros requiebros infantiles:
-¿Quién es la más hermosa doncella de mi casa? ¿Quién me quiere a mí más incluso que mi madre? ¿A quién he de quitarle yo el sentido cuando sea mayor y me convierta en un soldado de Nuestro Señor el Rey Don Felipe? ¿Quién viene aún a decirme buenas noches y se gana un suave beso de su niño bonito? ¿Quién es mi tata gorda preferida?
Y mientras esto decía, la hacía girar y girar, al tiempo que Lucrecia, medio muerta de risa, lo increpaba diciendo:
-¡Suéltame ya, tunante, loquillo, descarado, que mal sosiego debes tener en el cuerpo para saltar del lecho a estas horas de la mañana y querer escabullirte hacia la calle! ¿Pero adónde vas, Alonsillo, con el alba y tan apresurado? ¡Éntrate a la cocina y desayuna al menos, criatura! ¡Para! ¡Para! ¡Que me tiras!
Pero Alonso, con los ojos resplandecientes de júbilo, su cuerpo de quince años saltarín y ágil y el pensamiento virgen de maldades y lleno de maravillosas fantasías, ya se alejaba dando saltitos, haciéndole reverencias a Lucrecia y lanzándole imaginarias flores y besos, mientras le iba diciendo casi en un susurro para no despertar a sus padres y al resto de la casa:
-Voy a misa, Lucrecia. Voy a misa temprano porque mi corazón no puede pasarse más tiempo sin la paz y la felicidad que en la iglesia hallo y porque, de la misma manera que el enfermo busca los remedios que necesita entre los frascos del boticario, yo persigo la curación de mis males entre los sagrados muros del templo, ya que allí está la medicina que necesito.
Y con estas palabras desapareció del quicio de la puerta, dejando a la enorme Lucrecia haciéndose cruces de pensar que a su Alonsillo le había entrado de golpe una repentina pasión mística que ella no lograba conciliar con su carácter alegre y despreocupado o, peor aún, que el niño realmente padecía alguna dolencia mental, y ojalá que pasajera, de difícil explicación. Y en estas estaba aún cuando Doña Marcela, madre de Alonso y dueña de la casa, apareció de pronto en el rellano de la escalera.
-Buenos días, Lucrecia. ¿Qué alboroto preparas a estas horas, cuando ni siquiera se han levantado las gallinas? ¿Y con quién hablabas ya tan de mañana?
-Con Alonsillo, señora, que acaba de salir de casa, dice que a misa... Y hasta en ayunas se ha ido, que ni fruta ni un poco de leche siquiera se ha tomado.
-¿Con Alonso a estas horas? Este muchacho lleva unos días que ni come con tranquilidad, ni tiene reposo, y no hace mas que buscar la menor disculpa para echarse a la calle, escabullirse de acompañarme en mis visitas y obligaciones y, además, se pasa las horas muertas a la ventana pensando en las musarañas. No sé si serán cosas de la edad o es que le ocurre algo. Ay, deja que te ayude. Quítate ya esa artesa de la cabeza, mujer, que te van a estallar los sesos.
-Le pasa algo, señora. No es normal que se levante tan temprano. ¡Y esos repentinos arrebatos religiosos...! 
-¿De qué me hablas, Lucrecia? ¡Alonso religioso!
-¡Y no sabe usted hasta que punto! ¡Que no se pierde ni una sola mañana los oficios divinos!
-¿Quieres decir que se ha ido a misa?
Y Lucrecia se quedó allí contándole a Doña Marcela la nueva afición del jovencito con toda clase de pormenores...
Alonso, mientras tanto, había llegado ya a la iglesia. Entró despacio, por la puerta de atrás, la de los hombres, y se arrodilló en el suelo, no lejos de la pila del agua bendita. La misa ya estaba empezada. El monaguillo medio dormido sujetaba la casulla del celebrante por una de las puntas de atrás, mientras éste genuflexionaba la rodilla derecha y besaba el altar mayor. Una vieja tosía en uno de los primeros sitios cerca del presbiterio y otras cuatro o cinco más asistían al desarrollo del sagrado rito, colocadas bien adelante para no perderse nada de la ceremonia. Cerca del púlpito, como a media iglesia, había una joven de pie, acompañando a una mujer de mediana edad sentada en una silla y que debía estar impedida, porque a su lado yacían dos muletas toscamente elaboradas con unos palos de higuera sin desbastar y pertrechadas de unos trapos entrelazados y atados a las horcas con unas cuerdas de pita.
La adolescente en cuestión se llamaba Catalina y debía andar también en los quince años, a juzgar por la frescura de su rostro. Era la hija de los hospitaleros de la Torre y acompañaba todas las mañanas a una pordiosera portuguesa que, harta de pedir limosna por toda la Sierra, y tras haber atravesado desde Portugal por los vecinos pueblos de la fala, había llegado una noche de tormenta cerca del arroyo Grueso, al que debió caer en un mal paso y dónde debió fracturarse las dos piernas, razón por la que, al ser descubierta por unos campesinos a la mañana siguiente, fue socorrida en el pequeño Hospital que la Orden de Alcántara posee en la Villa de la Torre de Frey Don Miguel Sánchez. La joven Catalina, que además era hija única, ayudaba a sus padres en lo que podía, tanto en las tareas de la casa como en el desempeño de las obligaciones pertinentes a la limpieza del Hospital y atención de los enfermos: curándolos, limpiándolos o, como en este caso, acompañando todas las mañanas a la piadosa pedigüeña lusa a oír la misa.
Ya hacía varios días que había notado la moza la presencia del mozalbete colocado en la parte trasera de la iglesia, bajo la tribuna, y la verdad es que más de dos veces le había echado una mirada furtiva, más que nada por distraerse del aburrido oficio religioso pues, siendo ella la única joven que pisaba el templo a esas tempranas horas, había pocas cosas en que fijar la atención, aparte de la misa, de por sí tediosa y soporífera. Alguna vez incluso se habían cruzado sus miradas y hasta llegó a suponer —estaba casi segura— que el día anterior el joven le había sonreído cuando sus ojos se encontraron con los de él poco antes de la consagración.
 Hoy, además, tenía la sensación de que desde que llegó a la iglesia, él no había dejado de observarla y sentía su mirada clavada en la nuca permanentemente como un venablo. Le hubiera gustado comprobar que así era, pero le parecía una osadía por su parte ponerse a mirar con tal descaro al joven desconocido y, en lugar de ello, hacía con que seguía la ceremonia religiosa: movía los labios repitiendo incomprensibles e inventados latines, se levantaba y se arrodillaba al compás de las viejas y se daba involuntarios golpes de pecho con simulado arrepentimiento... A veces, también observaba las primeras claridades entrando por las vidrieras de la capilla mayor, o incluso le colocaba el velo a su acompañante, a quien acomodaba y atendía mecánicamente con evidente falsa solicitud...
 De repente, como movida por un resorte inevitable, volvió el rostro y se topó de bruces con los ojos grandes y negros de Alonsillo mirándola fijamente y con sus labios entreabiertos esbozando una leve sonrisa como si acabase de ver a la Virgen en una aparición y estuviese a punto de entrar en trance. A Catalina le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Tuvo miedo y le dio vergüenza de haber mirado. Se arrodilló en el suelo, volvió rauda su vista hacia el altar mayor, hizo la señal de la cruz y se puso a rezar deprisa y a mover los labios desatinada. ¿Rezaba?
Por su parte, Alonso, que llevaba largo rato concentrado en la cabeza de la muchacha, se sintió al punto suspendido y sacado de aquel éxtasis, él que la había casi hipnotizado, fijándola con su mirada, concentrándose en un punto concreto de su nuca para que no tuviese más remedio que notarlo, y que había rogado a Dios repetidas veces que, por favor, hiciese que ella lo mirase, por favor, por favor, que lo mirase ya, porque si no iba a dejar de creer en Él y en toda su omnipotencia... Y cuando Catalina giró su dulce rostro, éste apenas pudo soportar la felicidad que experimentó, no sabiendo bien si debía achacar el milagro a la creencia de haber sido complacido por el Altísimo o a la fuerza mental que él mismo suponía poseer...
Pero el hechizo había durado apenas dos segundos y ahora todo se había venido abajo. Con Catalina arrodillada, entregada de nuevo a la liturgia, él no se sentía con fuerzas de intentarlo de nuevo: Dios era un contrincante demasiado poderoso.
Al cabo, deshechos ya la fascinación y el embeleso, se escuchó claramente el Ite, misa est y con ello volvió claramente la realidad a instalarse entre sus vidas. El sacerdote y el acólito se retiraron a la sacristía, las viejas con sus reclinatorios desaparecieron a toda prisa, y sólo Catalina se había quedado dentro de la iglesia, ayudando con las muletas a la impedida, colocándole el manto por los hombros, retirándole la silla hacia debajo de una arcada junto al púlpito y guiándola luego hasta la puerta de la calle. Alonso la observó avanzar parsimoniosamente al paso de la pobre coja, detrás de ella, como si en algún momento tuviese que ampararla ante un mal paso, y por primera vez la contempló de frente toda entera, cabizbaja, con el óvalo del rostro inflamado por el rubor de estarse aproximando a él, con las manos indecisas y sin saber en dónde colocarlas, hasta dejarlas caer a ambos lados del talle, con aquel vestido humilde de franela oscura, largo hasta los mismos pies, que apenas ocultaba, y cuya orla iba rozando suavemente los relieves de las letras y escudos de armas incisos en las laudas sepulcrales que conformaban el suelo de la iglesia. Alonso estaba fascinado: casi podía tocarla. Cuando pasó a su lado, ella levantó los ojos y lo miró levemente, y a él le faltó tiempo para dirigirse hacia la pila del agua bendita, hundir en ella su mano derecha y esperar a que pasara por su vera para ofrecerle el santo líquido con el deseo de tocar aquellos dedos que él imaginaba únicos en el mundo. Cruzó primero el umbral del cancel la portuguesa y, rezagada Catalina a propósito, se paró delante del mancebo que le ofrecía el agua en sus temblorosas yemas, de donde la joven la tomó como quien recibe un bien preciado. Pero, tras el primer amago de gozo que entró en el corazón de la muchacha al sentir el contacto de los dedos del chico, quedó al punto transida y asustada ya que el joven, sujetándole la mano entre las suyas, la retenía vigorosamente sin dejarla avanzar. Catalina forzaba por continuar la marcha —más por miedo de ser descubierta, si la pordiosera giraba la cabeza, que por otra cosa— y entonces él le dijo acercándose a su talle:
-¡Si me miras desfallezco, si no me miras me muero, deja que queden mis ojos en los tuyos prisioneros!
Y luego de aquel lírico efluvio le dijo más bajito, ya al oído y al tiempo que ella intentaba huir de él despavorida:
-Todos los días vengo a misa de alba sólo para verte. Dame una señal y comprenderé que mi vida tiene algún sentido en este mundo.
Se deshizo Catalina de la dulce tenaza de las manos de Alonso como pudo y corrió hasta alcanzar a la impedida, pero, al llegar a su altura, azorada, le dijo que había olvidado el velo dentro de la iglesia y, dando media vuelta, entró de nuevo al templo tan deprisa que casi se chocó con el joven cuando salía. Puso las manos Catalina como para frenar un golpe inesperado, también las alzó Alonso sorprendido por aquel torbellino que entraba de repente a contraluz y, con las palmas juntas, así paralizados, quedaron frente a frente los dos jóvenes mirándose a los ojos un buen rato.
-Lo siento, me he olvidado dentro...
-¿El corazón quizás? ¿Lo dejaste olvidado entre mis dedos? Ven a buscarlo mañana a la misma hora y yo estaré esperando para dártelo. Y, mientras tanto, por que no vayas inerme por la vida, llévate el mío en este casto beso como compensación de lo que dejas, a la espera de que, cuando mañana te entregue lo que es tuyo, tú a mí me lo devuelvas amorosamente acrecentado.
Puso sus labios en los de la muchacha y ésta, incapaz de rechazarlos, entreabrió los suyos, permitiendo que un aleteo de pájaros se cruzase en sus vidas para siempre.
                                              

DOS

            El padre de Alonso, Don Nuño del Pero, siempre se había sentido orgulloso de la nobleza y recia raigambre de su apellido. Junto con los Sánchez y los Torres venidos del reino de León, los Bertol llegados de la lejana Francia, los Arias-Camisón procedentes de Galicia y asentados en estos pagos para repoblar las tierras vacías tras el paso de las tropas leonesas en la reconquista, los Sousa venidos de Portugal y los Gómez y Castro de recia solera castellana, los del Pero proclamaban bien alto su hidalguía demostrando con el peral de raíces exentas que figuraba en su blasón y escudo de armas la pertenencia a la antigua orden del Perero que desde muy antiguo se había instalado en estos territorios.
Don Nuño del Pero y Doña Marcela González habían juntado una enorme fortuna al unirse en matrimonio, ya que eran los dos hijos únicos y pertenecientes a sendas familias adineradas. Vivían en una hermosa casa del Cuarto de Palacio, rodeada de un huerto floreciente, y nada de extrañar tenía que, poseyendo un solo hijo, deseasen para él lo mejor de la vida y tuviesen puestos los ojos en un futuro matrimonio concertado con una joven de su misma clase llamada Beatriz. La joven en cuestión pertenecía a la familia de los Gutiérrez y, aunque todavía no era más que una niña, a sus padres tampoco parecía desagradarles Alonsillo y aceptaban de buen agrado las reverencias que Don Nuño y Doña Marcela les prodigaban cada vez que se cruzaban en una bocacalle. Vivían los Gutiérrez también en el Cuarto de Palacio, en una casona de piedra con escudo de buena labra en la fachada representando una torre sobre el agua y rodeada de estrellas en la orla.
Vivir en el Cuarto de Palacio era sinónimo de nobleza pues, de los tres cuartos en que estaba dividido el pueblo a resultas del orden en que fueron surgiendo sus núcleos de casas, éste era el más antiguo. Además aquí se encontraba la vieja casa-fortaleza del fraile alcantarino, que dio nombre a la pequeña aldea, con su torre del homenaje. Los otros dos cuartos restantes, el del Cancillo o del Horno y el del Medio o de la Iglesia, habían tomado sus nombres de la situación orográfica que ocupaban en el conjunto del caserío o de las edificaciones más notables que contenían, las cuales, por ser las más conocidas en aquellos sectores, habían acabado por imponerse al resto y apellidar al barrio. Pero de la misma manera que vivir en el Cuarto de Palacio era sinónimo de hidalguía, hacerlo en cualquiera de los otros dos era considerado señal inequívoca de pobreza o cuando menos de pertenecer a una clase desfavorecida. De hecho allí sólo vivían operarios, artesanos, asalariados, soldados de a pie, guisanderas y lavanderas, comerciantes, clero bajo y menesterosos en general.
Por todo ello, cuando  los jóvenes llegaban a la edad de merecer —o como aquí solía decirse: cuando los jóvenes empollinaban— los padres estudiaban con esmero las posibilidades de emparentar con una familia conveniente, poniendo buen cuidado en meterle a sus vástagos por los ojos a tal o cual apropiada mozuela o, dependiendo del caso, quitarle del pensamiento a ese joven de alcurnia que en absoluto va a ser para ti, so necia, que siendo él quien es y tú quien eres ¡de cuando acá ha de fijarse en ti si no es para reírse, si serás tonta, que a buen sitio has ido tú a poner la era!
Así que cuando Doña Marcela, una tarde calurosa de verano, le comunicó a su marido que, a tenor de las idas y venidas de Alonsillo, de su desgana cotidiana, de su cara de alelado ante la mínima mariposa que se  cruzase delante de sus ojos y de las noches en vela que pasaba a la ventana, el chico debía de andar ya metido en asuntos amorosos, Don Nuño no puso inconvenientes en que Doña Marcela organizase una pequeña fiesta a la que invitaría a todas las jóvenes de merecer que había en el pueblo, a ver si de esa forma se hacían evidentes, de una vez por todas, las sospechas de la madre y descubrían por quién suspiraba el inexperto corazón de su único vástago y heredero.
Y mientras en su casa trajinaban todo esto, Alonso continuaba saltando de la cama cada vez más temprano para encontrarse en la iglesia con Catalina. Todas las mañanas llegaba antes que ella y, escondido tras la puerta del cancel, la esperaba para ofrecerle el agua bendita con su mano y poder, así, tocarla. Cuando podía, es decir, cuando la paralítica entraba en el templo delante de Catalina, Alonso aprovechaba esos cortos instantes en que la joven se quedaba rezagada al recibir el agua para acercar sus labios a los dedos de la muchacha y depositar en ellos un tierno beso. Luego, como siempre, fascinado por su presencia, se pasaba toda la misa sin despegar los ojos de su figura y hubo días incluso que, por efecto del cansancio visual de tanto fijarse en ella, llegó a parecerle como que desaparecía del recinto, dejando en su lugar un halo de luminiscencia en el que se recortaba todo su cuerpo igual que si de un espíritu se tratase.
Hace dos mañanas, Catalina llegó tarde y Alonso, comenzada ya la ceremonia y viendo que no aparecía la hermosa joven, deshecho en múltiples cavilaciones, llegó a pensar que habían sido descubiertos y que seguramente a ella le habían prohibido para siempre salir de casa.  Y sólo de pensarlo se aceleró su pulso y se le agitó la respiración súbitamente. Empezó a moverse inquieto por la iglesia de un sitio para otro, mientras las cuatro viejas de siempre seguían las evoluciones del cura vuelto de espaldas. Y a punto estuvo de salir a la calle a buscarla cuando, en ese momento, chirrió la puerta y la vio aparecer sujetando a la pobre impedida por los codos para conducirla al centro de la iglesia como de costumbre. Alonso contempló cómo la muchacha acomodaba en la silla de siempre a la paralítica y, tras colocarle las muletas en el suelo, muy cerca de su mano derecha, y ponerle el velo por la cabeza, vio, fascinado y casi incrédulo, cómo, de pronto, Catalina abandonaba los cuidados de la portuguesa, daba media vuelta y se dirigía sin hacer ruido hasta donde él estaba. Cuando hubo llegado, la muchacha se arrodilló junto a él y se puso a mirar hacia el altar mayor sin decir nada. Rozó levemente los dedos del joven con los suyos y musitó un rezo en un inventado latín que apenas comprendía. Alonso sintió calor en todo el brazo. Lentamente lo fue acercando al de la joven y buscó el contacto de la piel por debajo de la bocamanga. Catalina se dejó coger la mano y se la apretó a su vez al chico fuertemente. Luego se giró despacio con los ojos entristecidos y le dijo:
-¡Se la llevan! ¡No podré ya volver a acompañarla! ¡No me dejarán salir más de casa! ¡Nunca nos volveremos a ver!
 Y acercándose a la cara del mancebo lo beso cerca del cuello y dejó allí su cabeza reclinada por un buen rato.
A Alonso le resultaba difícil comprender lo que escuchaba y apenas daba crédito a las palabras de la joven. Era imposible que le ocurriese todo eso tan de golpe: que en el mismo instante en que la hermosa Catalina le entregaba la prueba de amor solicitada, el destino se la arrebatase para siempre o que aquella pedigüeña portuguesa que le había traído, aún sin saberlo, toda la dicha del mundo, tan pronto se la hurtase con su partida. El muchacho bajó la cabeza mientras sus ojos se inundaban de lágrimas. Luego acercó sus labios a los oídos de la joven:
-No es posible que yo deje de verte porque me moriría. Te necesito como se necesita el aire para respirar y no ahogarse. Quiero estar todo el tiempo contigo como está siempre dentro del agua el pez, el pájaro en el aire, la liana a su árbol unida de por vida o el musgo pegado a las cortezas, porque, de la misma manera que si a ellos se les arrancase de su elemento morirían, yo tampoco tendré fuerzas para seguir adelante si dejo de verte y de mirarte. Y porque...
Catalina pensó que aquello que le decía era hermoso y por eso lo dejó hablar. Luego comprendió que esas palabras eran incluso demasiado hermosas, que nadie le había dicho nunca nada semejante y que le gustaría oírselas decir de nuevo mucho más despacio para irlas saboreando una por una...  Por eso le selló los labios con su dedo índice, se soltó de su mano, se incorporó despacio y se dirigió hacia el centro de la iglesia donde estaba la portuguesa. Una vez allí, le dijo en voz muy baja:
-Estoy un poco mareada, voy a salir a la calle. Vengo enseguida.
 Luego, volviendo sin hacer ruido a donde estaba Alonso, con un gesto le indicó que la siguiera.
Como gatos, sin producir el menor ruido, se dirigieron hacia el campanario y, cuando hubieron subido un buen trecho, en medio de la oscura escalera de caracol, alejados de cualquier ventana, al abrigo de toda mirada y protegidos por la masa pétrea de las canterías que conformaban la labra de los peldaños y paredes, se paró la joven y le cogió las manos al muchacho:
-Repíteme ahora aquello que me contabas ahí abajo. Dímelo de nuevo lentamente, para que lo comprenda todo y no me pierda nada...
Pero a Alonso se le olvidaron las palabras. Sólo sentía los dedos húmedos de la joven entre sus manos y su respiración entrecortada. Se miraron a los ojos sin casi apercibirse, dada la poca luz que allí podía filtrarse. La abrazó Alonso entonces con todas sus fuerzas y ella se dejó hacer serenamente entre sus brazos mientras un agudo dardo le traspasaba de dolor el pensamiento, pues estaban casi seguros que aquella sería la primera y la última vez que iban a amarse...
Al cabo de un buen rato, con el deseo sosegado y habiéndose entregado el corazón el uno al otro, Alonso, rodeó el rostro de Catalina con sus manos y le dijo:
-Creo que te quiero. Y creo que es así desde el primer momento que te vi entrar en este templo guiando a tu impedida. Me pareciste un ángel de la guarda. Desde entonces decidí que quería estar contigo para siempre. ¿Te llamas Catalina? ¿Eres la hija de los hospitaleros?
-Me llamo Catalina. Soy la hija de los hospitaleros. ¿Quién te lo ha dicho?
-He investigado...
-Y tú eres Alonso, Alonso del Pero...
-También sabes mi nombre...
-También he hecho pesquisas...
-Dime si sientes por mí algo parecido a lo lo que yo experimento cuando te veo.
-¿Y lo dudas, estando entre tus brazos?
-¿Pero me amas igual que yo te quiero, desde hace tiempo?
-Desde el primer día que entraste por la puerta trasera de la iglesia.
-¿Desesperadamente, como yo a ti te amo?
-¡Desesperadamente, como tú a mí me amas!
-¿Y por qué no me lo has dicho antes?
-Porque el amor es necio y tímido al principio... Pero no dudes que te amo.
-Pues entonces tienes que confiar en mí, Catalina.
-¿Confiar? ¿Por qué?
-Porque nos va la vida en ello, o el amor, que es lo mismo.
-Mi amor y mi vida estarán desde hoy donde tú estés. ¿Qué más confianza quieres que deposite en ti si ya soy toda tú?
-Pues sigue siéndolo, porque así de unidos tenemos que estar para que mi plan no se desbarate.
-¿Tienes un plan? ¿Para qué?
-Préstame atención y lo sabrás enseguida. Ya hace días que no hago más que darle vueltas en la cabeza a una idea que me tiene obsesionado y es que, si por ventura, yo dejara de verte no sería capaz de soportarlo, porque yo también me he convertido un poco en ti de tanto tenerte metida en mi cerebro. Así que, si me amas como dices, si estás dispuesta a compartir conmigo este maravilloso sentimiento y a defenderlo, si eres valiente para enfrentarte a todo lo que se nos ponga por delante, di que sí a lo que voy a proponerte, porque no conozco otra solución para seguir viviendo en este mundo, amarte como te amo y no volverme loco. Dime que sí lo harás. Dime que aceptarás.
-¿Y qué es lo que tengo que aceptar?
-Escúchame con calma: mi madre, mañana por la tarde, reunirá en el jardín de nuestra casa a todos mis amigos para dar una fiesta. Sería una ocasión inmejorable. Ponte tu mejor vestido y tus zapatos y, cuando haya pasado la merienda, llegados a los postres, yo saldré pretextando cualquier disculpa de mi casa, tú me estarás esperando en la puerta de atrás del hospital que da para el olivar de la Sevillana, donde yo te recogeré, e iremos a mi casa. Una vez en ella, daremos a conocer a todos nuestras relaciones y comunicaré a mis padres las intenciones de tomarte por esposa. Hay que afrontar las cosas con valentía... Así, sin más, delante de todos los que allí se encuentren... ¿Qué te parece mi propuesta?
Catalina se apartó de Alonso como empujada por un resorte:
-No, Alonso. No es posible. Que me digas que me amas lo comprendo... Amarte yo a ti en secreto con todas las fuerzas de mi alma lo acepto y lo defiendo, pero que hayas pensado ni por un momento que esta emoción que compartimos pudiera hacerse pública me parece de insensatos. Eso es una locura y sabes, igual que yo, que nunca podré entrar en una casa del Cuarto de Palacio si no es para servir o hacer recados. Yo soy la hija de Francisco Freire y de María Campos, los hospitaleros del pueblo y tú el hijo de Don Nuño y de Doña Marcela. Nadie consentiría una unión tan disparatada. Salgamos de este ensueño y volvamos a la realidad. Todo ha sido hermoso mientras fue secreto. Sacado a la luz, no dudes que este gozo se destruiría. Conservaré en mi corazón el recuerdo de tus besos como lo más hermoso de mi vida. Haz tú lo mismo y luego olvídate de todo y olvídate de mí lo antes posible...
A la vez que hablaba, Catalina se alejaba de él escaleras abajo, mientras Alonso la seguía insistente:
-Nunca renunciaré a ti y, si me quieres y te precias, tendrás que ser valiente y continuar amándome por encima de todas las dificultades que encontremos.
-Adiós Alonso, la misa debe de estar ya a punto de acabarse.
-Iré a buscarte mañana antes del toque de oración. Entretanto, y en prenda de mi amor sincero, conserva este pañuelo cerca de tu corazón hasta que nos veamos otra vez y yo seré feliz sabiendo que algo mío dormirá entre tus brazos esta noche.
Al tiempo que sus palabras acosaban a la joven por los enrevesados peldaños del campanario, mientras ésta guardaba el lienzo ya azorada, Alonso vio cómo los últimos pliegues de su vestido desaparecían escaleras abajo hacia el interior del templo.
A lo lejos, resonando bajo la bóveda, repetía nítidamente la voz del celebrante:
-Agnus Dei qui tollis pecata mundi, miserere nobis...  
 

TRES

            Con exquisita delicadeza Doña Marcela iba llenando el amplio patio de la casa de macetas de heliotropos y de geranios, de búcaros cuajados de jacintos, de rosas y de lilas, mientras Lucrecia se ocupaba de instalar debajo de la pérgola una amplia mesa cubierta por un espléndido mantel de hilo bordado a mano y sobre el que, más tarde, ambas colocarían los diferentes platos: las tórtolas con vino rojo, la liebre con arroz y piñones, la ensalada de naranjas y limones con huevos y poleos, el pastel de cabrito y los tordos en escabeche. Luego, en una mesa auxiliar, otras sirvientas dispusieron los platos dulces: los platos de arroz con leche, los cuernos de gacela recubiertos de almendra, las floretas empapadas en hidromiel y, por toda la mesa repartidos, higos de cuello de dama, sandías y melones perfumados al jazmín, ciruelas claudias, pavías y abridores, nísperos y malapios, y las últimas fresas de la temporada. Prácticamente todo producido en la huerta de la casa o cazado en las dehesas de la familia.
Entretanto, Alonso recorría la mansión descomedido: subía y bajaba a su habitación, se cambiaba de traje a cada instante, paseaba entre las mesas picoteando aquí y allá una presa de carne, un níspero, una fresa...
A las cinco de la tarde comenzaron a llegar los invitados. Los chicos, jóvenes y arrogantes, y las muchachas —las más de ellas acompañadas hasta la puerta de la casa de Doña Marcela por sus madres— luciendo hermosos vestidos y tocados, y con la oculta esperanza de poder —¡quién sabe!— emparentar con la anfitriona. Por supuesto que también acudió Beatriz Gutiérrez, una jovencísima rubia más interesada aún en jugar a las muñecas que en ocuparse de asuntos amorosos, quién enseguida fue agasajada por Doña Marcela que, con todo descaro, se la pasó al momento a su hijo Alonso, llamándolo desde la otra punta del patio para que la atendiese. Pero éste la saludó con displicencia y se retiró enseguida a otra parte de la fiesta, con lo que Doña Marcela se quedó con dos palmos de narices ya que, tras tantas ilusiones puestas en ese posible parentesco, no parecía ser la joven en cuestión la causante del manifiesto desasosiego de su hijo.
Le pareció a Doña Marcela como si de golpe todos los preparativos y esfuerzos realizados para el convite hubieran sido en balde y se sentó debajo del sicomoro desconsolada. Por lo demás, la fiesta siguió como había sido programada: hubo toda clase de parabienes y felicitaciones, se sirvió vino endulzado con miel, limonada y paloma; se habló de lo divino y de lo humano y los jóvenes recorrieron toda la casa y la aneja huerta descubriendo rincones nuevos, abriendo baúles y desatrancando puertas oxidadas de habitaciones durante más de diez años clausuradas. Estuvo Alonso inquieto toda la tarde, sonriendo aquí, la cabeza en las nubes allá, otorgando un beso de compromiso a ésta o interesándose sin demasiada convicción por la salud de la familia de aquel otro. Lo observaba su madre deseosa de averiguar a qué muchacha se dirigía con especial solicitud o miramiento, por si acaso descubría quién había de tal forma cautivado su corazón, pero, por más que lo intentó, no logró ni una sola vez captar en sus saludos ese gesto que pudiese interpretarse como premonitorio. Y así siguió desarrollándose la tarde, con la intriga marcada en los ojos de Doña Marcela, la sorpresa intuitiva en los de Lucrecia —que ya había descubierto que no se trataba de ninguna de las presentes— y la preocupación de los amigos de Alonsillo, a los que éste apenas si dedicaba tiempo y atenciones.
Al poco, y cuando ya empezaban a formarse pequeños grupos entre los invitados, llegaron los músicos a la casa: dos laudes, una mandolina, un salterio y una guimbarda. Con general regocijo fueron recibidos los iniciales acordes, comenzaron algunos invitados unos tímidos pasos de baile y llenaron la sala los primeros aplausos. Aprovechó el joven Alonso entonces el desconcierto suscitado por la danza para escapar de casa y correr a buscar a Catalina. Nadie se percató del instante en que se escabullía del patio como un felino.
Atravesó el cuarto del Medio casi volando y, por la calle del Horno, enseguida estuvo en el cuarto del Cancillo. Subió la cuestecilla a toda prisa, dejó a la derecha el gran pasadizo bajo el que se accedía a la puerta principal del nosocomio y rodeó por las traseras hasta llegar a la entrada posterior, donde se había citado con Catalina. Observó a izquierda y a derecha por si había alguien en los alrededores mas, viendo el camino libre, saltó una cancela de hierro que daba paso a un olivar de la orden de Alcántara, lindero al de la Sevillana, cuyas rentas se destinaban al mantenimiento del lazareto y, una vez dentro, se puso a imitar el canto del mirlo. Ni por un momento dudó que Catalina pudiese haberse arrepentido y no se presentase.
En efecto, no bien hubo empezado el trino, cuando al fondo se entreabrió una puerta y en ella, vestida con un traje blanco de lino recién planchado, Catalina, más hermosa que nunca, con el pelo largo desplegado por las espaldas y sus grandes ojos verdes expectantes, apareció resplandeciente como una novia. Se dirigió enseguida Alonso hacia la muchacha y, en voz baja, le dijo:
-Vámonos, Catalina, date prisa. No hay tiempo que perder. ¿Tienes la llave de la cancela?
Ella la abrió simplemente tirando de un pestillo y él se sonrió de haber tenido que saltarla de puros nervios y por no haber observado cuidadosamente el sencillo mecanismo de apertura. Salieron de la finca y bordearon la casa por la derecha. Alonso la urgía a apretar el paso, cada vez más deprisa, hasta que, viendo la joven que la conducía por las traseras de la calle de la Atalaya y en dirección contraria a la que debían haber tomado para ir a casa de Doña Marcela, se paró y quiso saber el porqué de aquel extraño recorrido.
-Sigue y no preguntes- le respondió enseguida Alonso, mientras la apremiaba ya por el camino de Gata hacia la salida del pueblo.
-Más tarde he de contarte todo con detalles, pero ahora, por favor Catalina, sigue adelante y no preguntes si no quieres perderme para siempre.
Ante la insistencia del muchacho, Catalina se dejó conducir por donde el joven le indicaba y, cuando hubieron doblado un recodo del sendero, Alonso, sujetándola por los hombros y hundiendo en la mirada de la joven sus profundos ojos negros, le explicó cómo en la fiesta de su casa se había apercibido de que lo que ella le refirió en la iglesia a propósito de las intransigencias de los del cuarto de Palacio en cuestiones matrimoniales puede que fuera cierto, y que en su familia estuviesen urdiendo cierto compromiso con alguna mozuela de su misma posición, cuyas familias pudiesen, con la boda, lograr un buen negocio en lugar de la felicidad de sus respectivos hijos. Y le contó también cómo había decidido no entrar en ese terrible juego de los noviazgos concertados, de los amores apañados y de los desamores acordados, y cómo, de ninguna manera, estaba dispuesto a perderla por conveniencias familiares, diciéndole finalmente que había resuelto que se escaparan juntos a Salamanca, a casa de un pariente de su padre, donde de seguro le darían cobijo por unos días hasta que determinasen otra cosa. Luego le desveló lo más comprometido de su propósito y es que él había previsto que se fugasen esa misma tarde, antes que nadie pudiese quitarles la idea de la cabeza. Se marcharían andando sierra arriba lo más pronto posible, de modo que cuando la noche se les echara encima hubiesen tenido ya tiempo de buscar refugio para guarecerse en alguna majada. Y al día siguiente, ya por las cumbres, todo habría de darse mucho más fácil, pues también había determinado que, de acuciarles el hambre, se aventurarían a comer de lo que el campo les ofreciese al paso: frutas, castillejos, huevos de pájaros, morujillo, castañas, verdolagas, bellotas o incluso carambolas si fuese necesario. Catalina le recordó a su impaciente enamorado que no era tiempo de castañas ni de bellotas, pero éste dijo que Dios siempre provee a los jóvenes de buenas intenciones y que, en último caso, siempre podrían comer raíces de la tierra.
Temblaba Catalina aterrorizada de oírle decir aquellas palabras sin sentido aparente tan en serio pero, en el fondo, su corazón bullía de júbilo, pues acababan de disipársele todas las dudas sobre la veracidad del amor que Alonso decía sentir por ella. Lo abrazó entonces aún asustada y sólo dijo:
-Haré lo que tú quieras que haga. Iré donde tú quieras que vaya, ya que desde hoy he de pasar contigo el resto de mi vida. Si quieres que atraviese la sierra, así lo haré. Y si deseas llevarme a tierras de batallas, en medio de los infieles, no me negaré a complacerte. Que amor con amor se paga y el que tú me demuestras no puede recibir a cambio más que toda mi devoción y mi lealtad.
 Alonso la besó entonces profundamente y le propuso que lo  esperase allí mismo, mientras él iba a casa a recoger unos maravedíes y una daga por si menester era en el camino llegar a usarla, o que, mejor aún, porque no la vieran sola a ella lejos de su casa tan a deshoras y a las afueras del pueblo, lo esperase más arriba de la Fontanilla, camino adelante, justo en la quebrada del portezuelo, donde se juntaba el término de Torre con el de Gata y el sendero empezaba ya a descender hacia las tierras de la vecina villa.
-¡Pero no tardes, por favor Alonso, no sea que se nos eche la noche encima antes de buscar algún cobijo!
-Hasta muy pronto, mi hermosa Catalina. Déjame que pruebe de tu boca el dulce sabor de tus besos para que su recuerdo me impida demorarme.
-Adiós, Alonso. Sé breve, ya que el tiempo que no estés a mi lado ha de resultarme inútil y vacío de ahora en adelante, y no podré compartirlo ni con los olivos o los robles, ni con el búho o la paloma, y se me hará interminable como la arena del desierto.
Volaba el inexperto enamorado la cuesta abajo camino de su casa y ascendía la ingenua joven camino de la sierra. Se granaba la tarde allá en el horizonte. Remontaba alto la alondra su vuelo raudo y Alonso y Catalina, mirados desde el cielo, parecían dos mínimas figuras, dos diminutos puntos abajo en la vereda avanzando en direcciones diferentes a un único destino.  
 

CUATRO

Catalina tuvo que sacar todas las fuerzas del mundo desde sus adentros para decidirse a ascender sola por la empinada vereda que conducía a la quebrada, pero sobre todo para resolverse a tomar la drástica determinación de abandonarlo todo por seguir al apasionado joven. Ahora, ya estaba hecho. Mientras la tarde se enrojecía sobre los picos de los montes, ella subía por aquella senda sembrada de pedruscos que parecía no tener fin. A veces, debido a lo escarpado del terreno, tenía que utilizar incluso las dos manos para impedir resbalarse o torcerse un tobillo, pero como a la vez debía agarrarse el vuelo del vestido para no irle pisando la orla a cada paso, el avance le resultaba penoso y complicado. La tarde, entre tanto, seguía girando su paleta de colores desde el anaranjado al gris ceniza hasta que, por momentos, cubrió de nubes gruesas y plomizas el ocaso. Aceleró Catalina su marcha por ver si llegaba pronto al alto del paraje y, en un mal paso, tropezó en un pedrusco y cayo de bruces, hiriéndose las rodillas y una de las manos que, al colocarla por delante para intentar salvaguardar su rostro en la caída, se le cortó en el afilado canto de una piedra. Casi no le hizo caso, en un principio, al hilillo de sangre que comenzó a brotar de su muñeca e, incorporándose resueltamente, siguió avanzando hasta que estuvo bien arriba, donde las vaguadas de ambos pueblos se unían formando un altozano. Allí aguardaría más sosegada a su resuelto enamorado. Pero al llegar al alto y ver que no cesaba de fluir la sangre de su mano y que, además, algún daño severo debía tener también en la rodilla izquierda pues, a parte de sentir que le escocía, se notaba la enagua repegada, se apartó junto a unas matas de tomillo y se detuvo a hacer de improvisada curandera de sí misma. Como tantas veces lo había hecho en el hospital, intentó cortar ambas hemorragias como pudo. Primero utilizó el pañuelo que Alonso le había dado para taponar la herida pero, como la sangre que brotaba era abundante, se quitó la enagua e intentó hacer con el grueso de la tela un torniquete para lograr parar un poco el flujo de las magulladuras y los cortes. Luego, cuando le pareció que aquel manar aflojaba, fue sacando del faldellín tiras de tela con las que confeccionar improvisadas vendas. El cielo, mientras tanto, amenazaba lluvia por momentos. Los pájaros habían desaparecido del espacio y ni un solo sonido se escuchaba proveniente de ninguna de las dos aldeas que ahora equidistaban. Cuando Catalina terminó de vendarse las heridas, su pañuelo y lo que quedaba de su enagua estaban empapados de sangre y, por no mancharse el vestido, en lugar de recogerlos, los dejó abandonados sobre unas matas de cantueso. Empezaron los primeros goterones de una típica tormenta de esas de verano que no duran más de media hora, pero que atruenan todo el cielo con su aparato eléctrico, y la muchacha salió corriendo a refugiarse en una majada que se veía a lo lejos.
 Entretanto, ya subía corriendo por la empinada vereda el joven Alonso con el corazón saliéndosele del pecho por la emoción de su insólita aventura, por el deseo de tener a Catalina definitivamente para él solo y, por supuesto, por el empinado repecho del camino. Todo lo había llevado a cabo en un abrir y cerrar de ojos: entrar en casa, pasar por la cocina, apropiarse de algo de comida, besar a su buena tata Lucrecia, subir arriba, armarse de su daga, coger del arconcillo los dineros, bajar al patio, decirle a su mejor amigo que le regalaba su perro y su ajedrez de limoncillo y contarle a la madre una patraña:
-Que enseguida vuelvo, madre, que sólo es un credo lo que tardo en acercarme a casa de Frey Diego de Arellano a pedirle opinión sobre algo que tengo pensado llevar a cabo mañana por la tarde.
-¿Y qué llevas en esa bolsa, hijo?
 Pero el ilusionado joven ya volaba por las calles del pueblo y corría por el camino de Gata como un gamo. No le preocupaban ni los oscuros nubarrones que de golpe oscurecieron el terreno, ni la lluvia que había empezado a caer y que convertiría poco a poco, de mantenerse tan abundante, la vereda en un chapatal intransitable. Se aferraba a los matojos laterales y franqueaba las anfractuosidades del terreno cada vez más deprisa, y ascendía por el sendero pedregoso sin importarle el barrillo que los riachuelos de agua iban formando entre sus dedos o el aspecto que iba tomando su traje nuevo bajo la lluvia. El paisaje se oscurecía a toda prisa. Los velos de la noche se desparramaban certeros sobre las montañas, y Alonso escalaba a toda prisa, para llegar a tiempo, como si poseyese la fuerza de diez hombres.
Pronto estuvo encaramado en la cima del otero, donde había quedado con Catalina, pero no la halló en el sitio de la cita, sino que en medio del lugar preestablecido lo que se erguía sobre sus cuatro patas era un enorme lobo, grande y amenazante con sus fauces abiertas. Alonso se quedó petrificado, dejó caer la bolsa que traía y echó instintivamente mano de la daga que llevaba enfundada en un tahalí colgado a la cintura, cuando de pronto descubrió a lo lejos a otros dos lobos que se disputaban unos trapos blancos ensangrentados entre feroces aullidos y empellones. Al ver entre los dientes de las fieras aquellas telas, se le congeló la sangre de las venas. Se le nubló la vista por un momento. ¿Cómo iba a ser posible? Reaccionó de repente a gritos y a pedradas contra los carniceros, logrando darle con un canto en las fauces al que más fijo lo miraba y, aunque reticentes al principio, como siguiese el mancebo lanzándoles pedradas, las alimañas se fueron retirando de la pequeña explanada hacia la profundidad de la maleza.
Se apoderó Alonso enseguida de las ropas destrozadas y empapadas de sangre. Con el resplandor de un relámpago pudo ver un poco más lejos otro trapo en el suelo. Y al recogerlo y reconocer que era el pañuelo que él había regalado a Catalina, su mente recompuso en un instante la posible malaventura allí ocurrida en su tardanza. Y toda la alegría por el cercano encuentro desapareció al punto de su pecho, mientras un reguero de lumbre le recorría la espalda y el estómago. Se arrodilló desesperado y se puso a decir lleno de rabia:
 -¡Dios! ¿Qué te había yo hecho para que así me castigases? ¿Por qué no me enviaste a mí la muerte antes que a ella? ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Ella iba a ser el bálsamo para mi corazón, la luz de mis amaneceres, el consuelo de mis noches solitarias, el refugio de mis anhelos, el alivio de todos mis deseos! ¿Qué voy a hacer ahora si he de pasar el resto de mis días sin sus ojos? ¡Ay, mala fortuna que consentiste que ocurriera esta desgracia! ¡Ay, destino cruelísimo que te cegaste con su muerte y con mi vida! ¡Ay, desventurado día en que creí haber encontrado el camino de la felicidad y se tornó en la más cruel de las desgracias! ¿Tengo que soportar tanto dolor? ¿Estoy obligado a seguir adelante tan desamparado? ¿Por ventura debo ser hipócritamente fuerte y valeroso y aguantar los crueles envites del destino y no desfallecer en este trance? ¡No, no tengo obligaciones para con nadie ya ni pienso arrastrar mi pena por una vida de destierro! ¡Ni he de vivir el resto de mis días tan lejos de sus labios! ¡Ni he de suspirar de ahora en adelante por un amor inalcanzado! ¡Ni volverán mis ojos a mirar otros ojos que no sean los de ella! ¡No! ¡No consentiré que me destrocen el corazón los terribles recuerdos de esta noche!
Y sacando el estilete que llevaba metido en la cintura se lo clavó en el pecho, cayó inmediatamente desplomado, quedando su cabeza y su boca contra la tierra. Arreciaba la lluvia sobre la negra noche. Miles de cuerdas de agua perpendiculares al suelo rebotaban sobre el terreno oscuro y lo empapaban todo. Junto a los labios del muchacho se formaba deprisa un charco de barro sanguinolento que la persistente lluvia desparramaba luego por los alrededores de su cuerpo.
Entretanto, Catalina, acurrucada junto a unas cabras en el refugio seguro de una cálida majada, esperaba impaciente a que cesase la tormenta para regresar al sitio de la cita. Pensaba, desasosegada, que ya habría llegado Alonso a la quebrada y que la estaría buscando confuso e intrigado de no hallarla. Y así azorada, en el momento que escampó un momento el aguacero, salió del aprisco determinada a encontrarse con el joven. Apenas si podía ver la minúscula trocha que el pastor y las cabras habían trazado con sus continuas idas y venidas al corralejo y hubo momentos en que casi a tientas tuvo que hallar la senda. Sólo cuando a lo lejos aún centelleó la tormenta en su lejana huida, se dio cuenta que ya estaba llegando. Vio entre dos resplandores su enagua ensangrentada y, un poco más adelante, a Alonso dormido sobre la tierra mojada. ¿Pero cómo iba a ser posible que durmiese? ¿Herido? ¿Lacerado? ¿Mordido por alguna alimaña de la noche? Se llegó hasta él a toda prisa, se arrodilló en el suelo junto a su cuerpo, lo llamó varias veces, lo incorporó del suelo sobre sus brazos y el resplandor del rayo, al platear su cara ensangrentada, provocó que la joven lanzase un grito tan desgarrador que retumbó en la oscura sierra como un bramido. Al momento, los lobos respondieron a lo que su instinto les hizo creer que era la llamada de otra fiera y los montes cercanos se llenaron de aullidos estremecedores. Catalina, de repente y aún en medio de su locura, empezaba a atar cabos: su ropa ensangrentada y el pañuelo que Alonso aún sujetaba entre sus manos, ella desaparecida cuando Alonso llegase, las huellas de los lobos, sus aullidos...
-¡Ay profundo dolor que me derrumbas! ¡Ay agudísima espada que me atraviesas el costado! ¡Ay noche tan maléfica! ¡Ay vida cruel que me haces pasar por esta prueba! ¿Por qué me has consentido vivir este momento? ¿Por qué me has permitido conocer la cima de la desesperación? Y tú, desalmado egoísta, inhumano avaro, desconsiderado ingrato, ¿Por qué te diste muerte sin llamarme? ¿Por qué no me esperaste, que yo, como aquel día en que te abrí mis labios, te hubiera ofrecido mi corazón para que, antes de matarte, hundieras en él tu gélido cuchillo? ¿Por ventura pensabas dejarme aquí prisionera de tus recuerdos para siempre? ¿Acaso te imaginabas que se puede seguir adelante después de haber probado el néctar de tus labios y la dulce zozobra de estar enamorada de tus profundos ojos? ¡Creíste que había muerto aniquilada por las fieras y no quisiste seguir sin mí más adelante! Así, amor sincero, amor desesperado, amor audaz, amor valiente, amor osado, amor honesto y casto, amor determinado, ¿cómo comprendes que ahora yo me quede en este mundo desterrada de todas tus solícitas caricias, proscrita de tu suave voz, desarraigada de tus deseos, relegada de tus más íntimos pensamientos? ¡No podrá soportar mi corazón la ausencia de tu cuerpo después de haberte amado! ¡No han de vivir mis ojos para ver cómo colocan una pesada losa sobre tu tierno pecho! ¡No tendrá mi pensamiento la fuerza suficiente para resistir la torpeza de este mundo después de haber rozado el cielo con la punta de los dedos! ¡Dame ya ese cuchillo que te traspasa el pecho y deja que mi corazón se convierta en la perfecta vaina de su acero manchado de tu sangre!
Entonces sacó la daga del pecho del muchacho y la hundió en el suyo, resuelta y con tal fuerza que rápido acudieron las ansias de la muerte. Sujetó luego el cuerpo de Alonso por el cuello mientras aún le quedaban algunas fuerzas y, acercando su mano ensangrentada a los labios de éste, aún le dijo:
-¡Espérame, mi amor, que ya te sigo!
Se desplomó seguidamente sobre el joven Alonso, mientras que un mínimo manantial enrojecido, brotado de su pecho, iba tiñendo aprisa su vestido blanco.
Las nubes de tormenta habían corrido raudas hacia poniente y una luna metálica se asomaba desde dentro de su aureola para servir de testigo en aquellos sangrientos esponsales. El severo silencio quedó roto de nuevo por el aullido estruendoso de los lobos, en tanto que los cuerpos de los jóvenes amantes se iban iluminando poco a poco con la fría luz del astro plateado.
 Juan J. Camisón: EL CORAZÓN Y LA ESPADA
 

 

LA MALDICIÓN DE MARIÁN

Juan José Camisón

 
 
            Hace ya mucho tiempo, cuando aún los arroyos saltaban libremente de peña en peña, los bosques cubrían casi todas las tierras y los pájaros eran absolutamente libres para anidar donde quisieran, en el castillo de San Juan de Máscoras, allá en el norte de Extremadura, vivía una joven bellísima llamada Marián.
Era rubia, tenía los ojos azules y el pelo larguísimo, que a veces recogía en dos grandes trenzas y las dejaba caer blandamente sobre su pecho. Cantaba como los ángeles, sabía componer versos y realizar magníficos bordados, hablaba latín, árabe y francés, y una espléndida sonrisa iluminaba siempre su hermoso rostro. Paseaba a menudo por los adarves de su castillo y, cuando hacía buen tiempo, solía recorrer a caballo los inmensos territorios de su padre, que se extendían desde la misma colina en que se asentaba la fortaleza hasta más allá del cauce del río Árrago.
Ni que decir tiene (como suele ocurrir en estos casos) que era la envidia de todas las demás jóvenes de la región y de sus contornos.
Sin embargo sus padres (y esto también pasa con frecuencia en las leyendas antiguas como ésta) a pesar de que el destino, aparentemente, había colmado a su hija de virtudes, no eran felices. Oscuros, cabizbajos y meditabundos, sólo hacían el esfuerzo de sonreír cuando su hija Marián estaba delante, por no darle a entender el triste drama que ocultaban en sus corazones. Desde que la niña tuvo uso de razón, siempre disimularon, a cada sonrisa de la pequeña, las profundas mordeduras que la enfermedad, aún no manifestada, de su hija les causaba, ocultando la mueca de dolor que se les producía en el rostro o enmascarando sus lágrimas cada vez que la doncella llegaba a casa alegre con un nuevo proyecto entre los labios.
Pero cuando la joven iba a cumplir los dieciséis años, no pudiendo ocultarle por más tiempo el aterrador secreto, decidieron desvelarle lo que durante toda su niñez le habían encubierto, aún sabiendo el gran dolor que iban a ocasionarle.
Se trataba de una terrible maldición (siempre son terribles las maldiciones de los cuentos) que le había echado el hermano de su padre, un oscuro fraile de la orden del Perero venido de tierras mirobriguenses a instalar su hermandad de monjes-soldados por estos pagos pero que, no habiendo tenido mucha suerte a la hora de obtener prebendas de sus superiores y envidioso de que su hermano hubiese sido elevado a la categoría de Gobernador de la fortaleza de San Juan de Máscoras, había decidido abandonar la comunidad y el castillo, y retirarse a vivir abajo, junto a las tierras pantanosas del río, en una casucha siniestra, cerca de la fuente de Borbollón, y donde todo el mundo comentaba que practicaba la hechicería, la magia y otras artes relacionadas con la nigromancia. Hasta tal punto le corroían las entrañas la envidia y el resentimiento, que hizo todo lo posible por dañar a su hermano, el Gobernador, en lo más querido que tuviese, y el día en que Marián nació, nada más ver a la hermosa criatura y contemplar la fascinación con que sus padres la miraban, pronunció la fatídica maldición que ahora, casi llegada su mayoría de edad, estaba a punto de cumplirse. Ésta fue la razón de que los padres de la joven no pudieran silenciar ante su hija por más tiempo el pavoroso conjuro, y éstas las fatídicas palabras pronunciadas por el abyecto fraile:
-¡Jamás veréis a vuestra hija heredera de estas tierras ni de esta fortaleza porque, al llegar a la edad de dieciséis años, la niña empezará a envejecer tan rápidamente que, antes de daros cuenta, será una horrible anciana repugnante!
Fue muy doloroso para los padres (ya lo podréis comprender) el momento en que desvelaron a su hija el terrible secreto y, desde luego, mucho más desgarrador resultó para todos el instante en que, llegada la fatídica hora del cumpleaños (que ni que decir tiene ni celebraron ni conmemoraron si no fue con llantos y con tristezas), a la bella Marián empezaron a salirle unos pequeños pliegues en el cuello que, al principio, casi ni se le notaban pero que, al cabo de un rato, eran ya unas arrugas más que evidentes. Y no paró ahí el proceso, que luego surgieron otras estrías abiertamente pronunciadas debajo de los ojos, más tarde cuatro pequeños surcos en la frente, un grano en la barbilla, otro bubón cerca de la nariz, del que empezó a brotar un horroroso pelo largo y, al rato, una cojera, un dolor en el cuello al intentar girarlo a la derecha, los pechos más caídos, el vientre más abultado, la espalda un poco más curvada...
            Marián gritaba a cada transformación sufrida por su cuerpo y, encerrada en la torre más alta del castillo, se pasaba el día llorando desconsoladamente, sin querer hablar ni ver a nadie, con el ruego desesperado de que no la visitasen bajo ningún motivo, y aceptando únicamente que le introdujesen un plato de comida, una vez al día, por debajo de la puerta.
Los padres no sabían qué hacer. Ni todo el poder que les proporcionaba el cargo de Gobernadores de aquellas tierras, ni todo el oro o la plata de sus arcas privadas o de las de sus deudos y allegados pudieron poner punto final al sufrimiento y a la consternación de la abatida adolescente.
Y la historia empezó a correr como la lumbre por todos los lugares de los alrededores, aumentándose, deformándose, alimentando la morbosidad en unos y despertando la piedad en los que la querían y un día la conocieron hermosa y joven.
Pero cuando la desesperación era mayor, (esto también suele pasar muy a menudo) apareció a las puertas del castillo la mujer más vieja de la aldea, que todos conocían con el nombre de Sofía la Sanadora, famosa por sus ensalmos contra todo mal y sabedora de los arcanos más recónditos de la sabiduría curativa tradicional. Preocupada ella misma, como lo estaban todos los vecinos del poblamiento, por la desgracia que se había abatido sobre sus gobernantes, y deseosa de aportar alguna luz ante el terrible drama, una mañana bien temprano, se encaminó hasta la puerta del castillo. Pidió a los centinelas que la dejasen entrevistarse con el Gobernador y con su esposa y, cuando estuvo ante de ellos, les contó abiertamente cuál era, a su manera de ver, lo que en aquel asunto estaba ocurriendo y cuál habría de ser el remedio de tal enigma. Y se puso a describirles con pelos y señales cómo, en su opinión, este sortilegio del envejecimiento prematuro era producido por una droga que los brujos y alquimistas lograban extraer de algunas yerbas, y cómo, para poner fin a los males causados por dicho mal y a las dolencias derivadas, sólo existía una única y difícil solución consistente en aplicarle a la aojada las piedras de la juventud, que únicamente en las profundidades del río Árrago podían encontrarse.
Los padres de Marián, en cuanto columbraron aquella mínima esperanza, se apresuraron a convocar una reunión con todos los principales de los contornos, e invitaron a dicho concejo especialmente a los más nobles y aguerridos caballeros de la Sierra de Agatán. Allí, y tras hacer partícipe a todo el mundo del grave problema que se cernía sobre el futuro de su hija, ofrecieron, en un último intento de hallar una solución desesperada, todas sus tierras y pertenencias al caballero que fuese capaz de encontrar las piedras de la juventud en el fondo del río Árrago.
Tras haber escuchado las razones y tristezas que expuso el Gobernador, se hizo un impresionante silencio entre los asistentes. Ninguno ignoraba que se trataba de una tarea harto difícil. La parte del río donde se sospechaba que podían hallarse dichas guijas pasaba justamente cerca de la morada del hermano del Gobernador, el fraile Gelmírez, y, para que nadie pudiese apoderarse de los mágicos guijarros, había encantado el río con un astuto sortilegio que consistía en que cualquier persona, animal o cosa que tocase la superficie del agua quedaba al instante convertido en árbol o matojo. Sólo los peces habían logrado huir del maleficio y atravesaban tranquilos las solitarias aguas del torrente, sin que de ello se derivase daño alguno.
Sin embargo, y a pesar de las dificultades que la empresa planteaba, había entre los asistentes un joven caballero de la Torre llamado Don Juan Arias quien, llevado más por el embargo que le producía el prematuro envejecimiento de la pobre Marián que por la posible herencia de las incontables propiedades del Gobernador de Máscoras, se ofreció valientemente para ir en busca de las milagrosas piedras. Tenía además motivos personales para intentarlo, ya que las heredades que atravesaba el río encantado, y de las que ahora se había adueñado el enajenado fraile Gelmírez, habían pertenecido desde siempre a sus antepasados y el malvado monje se las había arrebatado con sucios encantamientos y artimañas.
Se alegraron el Gobernador y su esposa cuando vieron salir al arriesgado y voluntarioso Don Juan Arias al centro de la plaza de armas, pertrechado ya para la partida. El joven caballero pidió el honor de intentarlo solo y por su cuenta, y que se le permitiese realizar la hazaña cuanto antes, quedando establecido que habría de salir en busca del remedio con las primeras luces del día siguiente.
Y así, con el beneplácito del Gobernador, partió a caballo Don Juan Arias aquella madrugada de cielo gris y frío de otoño hacia el río Árrago, cerca de los dominios pantanosos de Borbollón, sin albergar la menor duda de que conseguiría el objetivo.
Cuando llegó al lugar que él creyó que era el más idóneo, descabalgó de su montura y se acercó con sigilo a la corriente del río, escudriñando las aguas con el deseo de ver siquiera el brillo o los destellos de alguno de los guijarros mágicos, pero la espesa niebla que cubría el paisaje y que avanzaba perezosamente pegada a la superficie del torrente le impidió ver dentro de la nebulosa opacidad de las profundas aguas. Y allí se quedó quieto sin saber qué hacer ni cómo solucionar aquella situación desesperada.
Pero puesto que había llegado hasta allí, y por ver si era cierta la leyenda que contaban por todos los lugares acerca del maleficio de la rivera que todo lo que tocaba su superficie se convertía en matojos, atrapó de entre las yerbas un grillo que acababa de salir de su agujero y lo lanzó al arroyo tan lejos como pudo. No bien hubo tocado el desventurado insecto la corriente del agua cuando de inmediato quedó convertido en un junco flotante, que fue arrastrado aprisa río abajo.
Pero el joven mancebo pensó por un instante que tal vez le habían fallado los reflejos y la vista, o que, debido a la intrincada bruma, no había observado correctamente al grillo cuando tomó contacto con el agua, imaginando un hecho extraordinario donde quizás únicamente un barbo había sido el causante del prodigio al comerse al insecto, y que el junco se hallaba ya flotando sobre las aguas antes de que él mirase. De manera que, al cabo de un momento, y para asegurarse, pinchó con la punta de su espada un lagarto verde que por allí pasaba y lo lanzó también a la corriente. Como por arte de magia, no bien hubieron tocado sus patas la superficie del río, cuando ya era un ramajo que se enredó enseguida entre unas piedras de la orilla. Cazó luego una ardilla y la colocó esta vez muy cerca de la ribera para ver el proceso, pero ocurrió lo mismo: el pobre animalillo, nada más entrar en el agua, quedó flotando convertido en un desgalichado galapero. Y no contento ni convencido aún de lo que sus ojos estaban observando, no dudó en arrimar a su caballo negro al borde de las aguas y lo empujó con fuerza a la corriente que no tardó un segundo en transformarlo, con silla de montar y todo, en un enorme aliso que enseguida quedó prendido en el fondo del río, como un náufrago medio ahogado con los brazos abiertos.
Quedó perplejo Don Juan Arias, observando al misterioso río con ojos espantados. Y en ese mismo instante oyó una extraña voz que le decía:
-¡Nunca conseguirás conseguir las piedras pedregosas de ese modo modoso!
Pero lo más insólito del caso era que ni allí había una boca de la que saliese la voz que había pronunciado esas palabras, ni una cabeza a la que perteneciese la boca mencionada, ni un cuerpo con el que pudiera vincularse dicha cabeza. Y, sin embargo, al rato volvió a escuchar de nuevo:
-¡Nunca conseguirás conseguirlo tú solo solamente, por mucho que muchísimo te empeñes empeñándote!
El joven caballero, intrigado y girando la cabeza de un lado para otro, intentaba descubrir la procedencia del aviso, al tiempo que le preguntaba a su enigmático interlocutor:
-¿Quién eres? ¿Dónde estás? ¿De dónde sale tu voz?
De pronto, de entre sus botas surgió una especie de pequeñísimo elfo, de ésos que por estos contornos llaman camuñas, y le dijo:
-Yo soy Mingolorenzo, el dueño de las aves avícolas de estos boscosos bosques, y además soy el único cómico mínimo súcubo que sabe cómo no convertirse en árbol o arbusto o abrojo o rastrojo o matojo al entrar en acto de contacto con el frío río encantado, aojado y embrujado; me muevo con ligereza entre la maleza de esta copiosa naturaleza, y vivo debajo de la aspereza de la corteza seca de un sauce cerca del cauce de esta fiera rivera pejiguera, y he estado observando de qué manera somera perdías con certeza, por tu mala cabeza, un buen caballo bayo. ¡Por lo que deduzco con pensamiento deductivo que muy grande debe ser la necesidad necesaria que tienes y mantienes de atravesar este bravío río del escalofrío!
-La verdad es que sí, que has acertado. Tengo una necesidad perentoria de meterme en sus aguas. Pero veo que es imposible de todo punto hacerlo, a menos que quiera dejar de pertenecer al género humano y me decida por el reino vegetal. ¡Ayúdame a penetrar en el arroyo y a sacar de él las piedras de la juventud y te daré lo que quieras!
Mientras Don Juan Arias contaba su dilema, le rogó al pequeño camuñas que se estuviese quieto en un sitio determinado y dejase de escabullirse y de dar vueltas y de saltar de piedra en piedra, pues con sus continuas cabriolas y pirinalcas, y constantes idas y venidas, lo estaba sacando de quicio (aparte de resultarle muy difícil decidir hacia qué punto debía dirigir las frases que decía en cada momento).
 Entonces Mingolorenzo se paró de golpe y se quedó tan inmóvil como un soldado de plomo. Reflexionó un instante, se rascó los cuatro pelillos de la barba y al cabo dijo:
-¡Acepto! Acepto el grato trato, pero con la condición condicionada de que mi petición la conocerás cuando conozcas el final finalizado. Y ahora escucha atentamente lo que te diré con intención intencionada: desde que la rivera lleva la maldición maldita de Gelmírez gelmirado, muchos animales no han podido seguir alimentándose de los peces piscícolas que transporta entre sus aguas el río bravío del escalofrío y están desapareciendo de estas tierras terrenales. ¿Entiendes lo que te estoy dando a entender que entiendas? Pues voy a seguir mi seguimiento enseguida: solamente las águilas pescadoras que están bajo mi responsabilidad responsable han sobrevivido al encantamiento encantado, ya que llevan en sus patas un anillo mágico-técnico-lógico que les permite que las hundan en el agua para pescar sin que sus plumas plumosas se conviertan en árboles, arbustos, matojos y rastrojos. ¿Me sigues el seguimiento? ¿Comprendes la comprensión comprensiva?
-Creo que sí.
-¿Sí?
-Sí.
-¿Pero sí, sí o sí con reparos reparosos?
-¡Sí, sí!
-¿Pues a qué esperas? ¡Arre, zurra, corre, caza una de ellas, colócate su anillo en tu dedillo y podrás conseguir de la corriente lo que nunca consiguió la gente!
Don Juan Arias se quedó asombrado de lo que estaba oyendo (cuando los misterios son tan irracionales y a la vez tan impresionantes suele ocurrir que uno no se atreve nunca a dudar que sea cierto lo que está viviendo), sin embargo no vaciló un momento y aceptó ir a cazar  un águila pescadora, a condición que el propio Mingolorenzo le acompañase en tan osada empresa.
Y sin más demora, empezaron a caminar hacia el lugar en que anidaban las aves de presa. De pronto, sin venir a cuento, el cielo se oscureció como en los días invernales de cellisca, hasta que al poco rato una terrible tormenta de espesos nubarrones comenzó a cubrir aprisa toda la superficie de la tierra. En un santiamén llovían ya relámpagos y rayos en lugar de agua clara sobre todo el perímetro de la zona.
Era Gelmírez, sin duda ninguna, el causante de aquel extraño fenómeno meteorológico, pretendiendo impedir con sus rayos y truenos que nadie atravesase lo que él consideraba sus particulares territorios. Pero, a pesar de las fulguraciones violentas y de las pavorosas detonaciones del firmamento, el joven caballero y el camuñas llegaron a la colina de las águilas donde descubrieron que una de ellas, más pequeña y con la cabeza más blanca que las otras, andaba dando saltos y arrastrando un ala malherida, seguramente alcanzada por una de las chispas. No tuvieron dificultad para atraparla y, mientras Don Juan Arias se apoderaba del anillo, Mingolorenzo fue entablillándole el remo que le pendía a lo largo de un costado como una vela desvencijada. Luego, el ágil elfo trepó por unas ramas y colocó a la rapaz en un espacioso nido hecho de palitroques, de donde, sin duda, debía haberse caído.
Enseguida volvieron al arroyo y, cuando estuvieron cerca de la orilla, Mingolorenzo le dijo a Don Juan Arias:
-Yo ya he cumplido mi cometido con mi parte del trato y de la treta. Ya tienes el anillo anillado que te permitirá sacar del río las piedras empedradas. Ahora te toca a ti cumplir la parte de tu parte partida del pacto pactado.
-Pero todavía no sé cuál es mi parte del trato –le dijo el caballero. Y el camuñas respondió sin más demora:
-Ésta es tu parte partida del trato tratado: que jamás ni tú ni tus amigos volváis a cazar en estos bosques boscosos, ni pájaro, ni ardilla, ni zorrillo, ni oso.
-¡Y así se hará! –le prometió el joven Don Juan Arias al camuñas.
Y, no bien hubo Mingolorenzo escuchado la respuesta cuando, girando velozmente sobre sí mismo, desapareció de la roca en que estaba subido como por encantamiento.
El caballero no se demoró un momento y, con la seguridad de que la sortija mágica le protegería de todo maleficio, se lanzó sin dudarlo a las profundidades de la rivera.
Pronto se vio nadando bajo las frías aguas entre tal cantidad de peces que era imposible vislumbrar cualquier otra cosa que no fuera el conjunto del cardumen. Tan fascinado estaba de poder contemplar la ingente masa piscícola, envolviéndolo desde todas partes a su alrededor, que se le olvidó por completo comprobar si seguía manteniendo todo su cuerpo entero con piernas y brazos, o si ya sus cabellos se habían transformado en ramas o raíces. Sacó la cabeza para respirar ampliamente y buceó de nuevo buscando y buscando, hasta que por fin vino a dar con los brillantes y mágicos guijarros de la juventud. Había más de cuarenta, como perlas oscuras refulgentes, hundidos en la arena del fondo proceloso. Con tres tuvo bastante. Los apretó en el puño y, dando un brusco giro, inició la subida desde las profundidades de la rivera. Pero, al intentar salir a la superficie de las aguas, sus ojos desesperados vieron cómo una capa espesa de hielo las cubría lo mismo que una losa trasparente impidiéndole la salida, y casi a punto estuvo el caballero de perecer ahogado, de no haber sido por el acero de su espada, las fuerzas de su arrogante juventud y su firme voluntad que empleó en abrir una brecha por donde sacar al menos la cabeza.
(¡Tampoco aquella vez el malévolo fraile había ganado!)
Salió deprisa de entre los bloques de hielo que atenazaban la rivera y, lleno de felicidad, esa misma tarde, con el orgullo de quien acaba de llevar a cabo una misión difícil con éxito rotundo, fue a llevarle las piedras milagrosas a los padres de Marián, quienes, sin tardanza, introduciéndolas en una bolsita de seda, las colgaron al cuello de su apenada hija para que obrasen cuanto antes el esperado milagro.
Al instante la muchacha pudo incorporarse del lecho en que yacía inmovilizada de dolores desde hacía varios días y, al rato, se sintió algo mejorada de su terrible reúma, su piel empezó a llenarse de músculos y vida lentamente, su cuerpo a enderezarse poco a poco, de su rostro desapareció la demacrada expresión que la hacía parecer casi una anciana, la sonrisa se posó otra vez sobre sus labios sonrosados, y un buen montón de canas cayó de su cabeza, dejando ver debajo su antigua mata de cabellos rubios y relucientes como recién lavados.
Marián volvía a tener dieciséis años, era hermosa de nuevo, sus padres habían recuperado la tranquilidad y la confianza en el futuro y por todo el pueblo de San Juan de Máscoras corrió de boca en boca la noticia de la mágica curación de la hija del Gobernador (que estas noticias suelen volar como la lumbre).
Don Juan Arias, por su parte, recibió lo prometido. Aquella misma noche, en una cena celebrada en los salones del castillo, fue nombrado heredero de todas las posesiones que por ley natural y por derecho, en otras circunstancias, hubieran pertenecido a Marián en un futuro. Se le invistió además como Caballero de la orden del Perero, y un tío de Marián, adelantado mayor del rey de León, le impuso la Gran Venera de oro y plata con que eran premiados los esforzados caballeros en heroicas hazañas victoriosas.
Pero nada de todo esto parecía colmar las aspiraciones de Don Juan Arias y se mostraba, en lugar de rebosante de alegría y dichoso, lleno de remordimientos y meditabundo. Y ya casi al final de la velada, llegados a los postres y cuando los tañedores de laúdes y vihuelas iban a comenzar el baile de la fiesta, se incorporó el mancebo, rogó silencio, pidió al Gobernador la venia y la palabra y, dirigiéndose a todos los presentes, habló de esta manera:
-Me habéis agasajado como si fuera un hijo vuestro, entregándome más riquezas y terrenos de los que un hombre puede desear en esta vida y llenándome de honores y de inmerecidas condecoraciones. Es verdad que habíamos hecho un pacto y que con estos nombramientos y donaciones no hacéis sino cumplir con vuestra palabra de caballero. Pero yo, por mi parte, debo añadir algo más: y es que, si bien es cierto que al principio no me movían otros intereses que los de recuperar las tierras que bordean la rivera de Árrago y que fueron antaño (como sabemos todos) de mis antepasados, sin embargo, a medida que la aventura fue avanzando, he de confesar aquí públicamente que tomé particular conciencia de lo que para vos, Gobernador, significaban esas piedras, y poco a poco fui abandonando la idea de recuperar la hacienda de mis antecesores a favor de lo que para vos y para vuestra hija supondría la posesión de las preciadas guijas. Por eso, ahora que habéis logrado el deseo de ver curada a la persona que más amáis, no sería de bien nacido si yo os arrebatara tanta dicha aceptando vuestras posesiones y dineros, pues de nada serviría haber recuperado la juventud y belleza de una hija si, a cambio, y por mi mala conciencia, os enviase a mendigar a vos y a vuestra familia el resto de vuestros días. Por ello quiero haceros saber que sólo aceptaré la herencia si además me concedéis a la heredera como esposa.
Hubo un silencio expectante tras la intervención del decidido joven... (Era lógico que aquella proposición inesperada dejase confundido al padre de la chica. Debe seguirse ahora una pausa larguísima, cosa lógica, por otra parte... El tiempo de reaccionar y de buscar una solución adecuada al emocionante momento...)
Se levantó el Gobernador, al cabo de un buen rato, y le pidió el consentimiento a Marián para entregarla como esposa al caballero. Ella dijo:
-Sí acepto.
Y todos los gorros y sombreros de aquellos comensales volaron por el aire en medio de cien gritos, aplausos y silbidos de júbilo.  
Para la boda acudieron hasta el castillo de San Juan de Máscoras desde la Torre de Don Miguel todos los familiares y allegados de Don Juan Arias. Una caravana de endomingados personajes a caballo y una reata de mulillas cargadas de regalos sembró de colorido el tortuoso camino que separaba ambas aldeas. Las campanas de los dos pueblos repicaron durante toda la mañana para dar a conocer la buena noticia. Se celebraron los esponsales y los consecuentes festejos como correspondía a un enlace en el que ambas partes aportaban la misma alegría y felicidad que esperaban recibir. Hubo misa mayor, opípara comilona para todos los asistentes, baile en la plaza del rollo, se les cantó el tálamo a los novios delante de la ermita y hasta se lidiaron tres vaquillas en el coso de la muralla, pagadas por el padre de Don Juan Arias, Don Sebastián, que ni cabía en sí de júbilo, por haber recuperado las tierras de sus antecesores y casar al hijo con una muchacha tan de su gusto.
Tras los esponsales, en una cosa sí que estuvieron completamente de acuerdo Don Juan y Marián, y fue que, para olvidar aquellos momentos tan terribles en que la joven había sufrido tanto, decidieron instalarse para su vida de casados lejos de los malos recuerdos soportados en el castillo de su padre. Por lo que se bajaron a vivir al pueblo de la Torre, en una casa rodeada de huertas que Don Juan tenía junto a un arroyo rumoroso que discurría no lejos del pueblecito. Allí cultivaron ellos mismos sus propiedades, vivieron de lo que les producían sus tierras y, como le prometieron al camuñas, jamás hubo en su mesa ni faisán ni venado ni otra ave o mamífero que no hubiese crecido en sus corrales.
Y así fueron felices durante muchos lustros, enterraron los recuerdos del perverso monje Gelmírez y sus maquinaciones, tuvieron hijos sanos, acrecentaron su fortuna y su cariño con el paso del tiempo y, tras muchos, muchos años, se enfrentaron a la vejez con la tranquilidad que da una vida vivida honradamente, trabajando en su casa, educando a sus hijos, compartiendo con todos los que les rodeaban el esfuerzo cotidiano de mejorar el mundo.
(Y aquí podía haber terminado, a la manera tradicional, este emotivo cuento pero, para sorpresa de todos, aún ocurrieron los inesperados acontecimientos que se siguen...)
Se hacía mayor Don Juan serenamente, aceptándose achaques, arrugas y dolencias con la resignación de quien se sabe solamente el eslabón de una cadena biológica y humana. Y se sentía lleno de felicidad al ver cómo en su esposa no parecía hacer mella el tiempo transcurrido, pues él la seguía viendo hermosa y joven como cuando se conocieron...
Pero no eran sólo apariencias, pues desde que sus padres le colgaron al cuello las piedras milagrosas, se decía por todo el pueblo (y cada vez con más razones) que Marián no envejecía. Y, aunque a su marido le pareciese que, de una manera natural o por pura poesía o por justo enamoramiento, su esposa debía seguir manteniéndose joven y bella para siempre, la verdad es que ella misma estaba ya bastante preocupada de ver cómo los años iban haciendo incluso más mella en sus propios hijos que en sí misma, y se atormentaba de ver a la gente que conocía degradándose lentamente, mientras ella seguía manteniéndose fresca como una flor en su primera madrugada. Ni una arruga, ni un rictus que denunciase el paso de los años, ni una cana, ni un dolor, ni un achaque sufrido en todos estos años... Lo que en principio le pareció el más maravilloso elixir de la existencia, había acabado por convertirse en una carga insoportable. Estar obligada a contemplar, sin tener la oportunidad de acompañarles en el proceso, cómo los seres que ella amaba se iban debilitando y deteriorando físicamente le llegó a parecer una penalidad insoportable.
Hasta que un día, le rogó a su marido que la llevase a la orilla del Árrago y que le mostrase el sitio en que había encontrado las piedras prodigiosas.
Así lo hizo Don Juan, no sin ciertas dificultades, pues ya no era un hombre con la vitalidad de antes. Se valió de sus hijos para que llevasen a cabo todos los preparativos y enjaezasen una mulilla para el desplazamiento pero, a petición de Marián, no permitió que ninguno de ellos les acompañasen. Montó el anciano caballero sobre la cabalgadura como pudo y, con su esposa tirando de la brida (que razón era, pues conservaba aún todas sus fuerzas), se dirigieron hacia el río muy temprano. Era otoño como en aquella mañana en que, siendo aún un pletórico joven, había tenido fuerzas para tirarse al agua. Hoy por nada del mundo hubiera podido soportar el remojón y el riesgo del esfuerzo. Como entonces, una persistente y pegajosa neblina recubría la superficie de las aguas, tan sólo desbaratada por las ramas de un añoso aliso que parecía sacar los brazos de las aguas para pedir ayuda. Descabalgó Don Juan de la mulilla, se acercaron los esposos al borde de la corriente y él le indicó el lugar exacto en donde antaño encontró las guijas milagrosas. Miró hacia el agua Marián y, tocándose al cuello la bolsa que las contenía, le dijo a su marido:
-Debo decirte algo: estas mágicas piedras me han conservado joven para siempre desde el día en que mis padres las anudaron a mi cuello, y he de reconocer que no hay mejor regalo para una mujer que la belleza que da la eterna juventud y la frescura, pero ya estoy cansada de ver cómo los míos envejecen, cómo mi misma hija parece más mi hermana, cuando no mi propia madre. Sé que se debe al efecto de los guijarros el hecho de que tú me sigas viendo joven y lozana y no a que, como dices, yo tenga un pelo sedoso o una piel especial que no hace arrugas. Pero yo no puedo soportar ni siquiera un día más que, tras haberme dado tanto amor, tantas horas felices, unos hermosos hijos y mil razones para seguir adelante, tú ya te estés marchando en silencio de este mundo mientras yo sigo tan joven como cuando nos casamos.
-¡Pero Marián!
-No, no voy a consentir que me dejes atrás cargada con una ausencia que ha de resultarme del todo insoportable. Yo no quiero vivir si no es contigo. Por eso he decidido quitarme de mi cuello estas preseas y arrojarlas al sitio en que estuvieron hasta que las hallaste. No quiero avanzar más por esta vida si no lo hacemos juntos.
-¡No, Marián, te lo ruego!
Sólo esta corta frase logró decir Don Juan después de las palabras de su esposa, pero ya era muy tarde: de un tirón, Marián arrancó de su cuello el maravilloso amuleto que la había preservado tanto tiempo del envejecimiento y, lanzándolo con fuerza hacia lo lejos, cayó sobre las aguas del río Árrago y comenzó a hundirse en las profundidades de la rivera.
Al instante, del mismo modo que ocurrió hacía tiempo, empezaron a surgir arrugas por todo el rostro de Marián, por su menudo cuello, sus manos y su frente, se deformó su espalda arqueando su cuerpo a toda prisa, la cintura cambió de posición ensanchando de golpe sus caderas, las canas acudieron aprisa para sustituir a sus dorados cabellos juveniles y, mientras a cada paso de  la cruel metamorfosis, ella le repetía a su marido que lo amaba sobre todas las cosas de este mundo y como nunca en el pasado lo había hecho, él la sujetaba entre sus brazos, llorando y gritando desesperadamente:
-¡No, Marián, por piedad! ¡No puedes hacer esto! ¡Dios mío, que por favor alguien me ayude! ¡Marián! ¡Mi amada Marián!
Entonces, como si de una situación vivida en otro tiempo se tratase, se oyó una voz junto a las aguas que repetía deprisa:
-¡Nunca conseguirás conseguir el socorro socorrido que buscas si no me buscas!
-¡Mingolorenzo! ¿Eres tú? ¿Eres tú, amigo? –preguntó Don Juan asombrado de haber reconocido aquella voz que le llegaba como desde un sueño.
-¡Pues claro que clarea y que soy yo siendo mí mismo! –Respondió el pequeño elfo, al tiempo que daba un salto desde detrás de unas zarzas y se hacía visible.
Don Juan, con los ojos llenos de lágrimas, las manos temblorosas y el cuerpo de su envejecida esposa temblando entre sus brazos, intentó darle explicaciones al camuñas de lo que estaba ocurriendo, pero Mingolorenzo, que todo lo había visto, le dijo muy bajito:
-Sólo debes tratar de besar a tu mujer para salir en un tris del triste trance que te trastorna.
-¡No te burles de mí, querido amigo, en esta dolorosa hora de mi vida!
-¡Si no me burlo burlonamente! ¡Hazlo!
-¡Mingolorenzo!
-¡Vamos, vamos, vamos! ¡Fuera pausas, date prisa, déjate de prosas!
Hizo Don Juan como le aconsejaba el duende sin comprender siquiera las razones, pero puesto que la petición era sobradamente fácil de cumplir, ya que en aquel instante no deseaba otra cosa que estar unido a su adorada esposa, estrechó a Marián suavemente contra su pecho y depositó en sus ajados labios un apasionado beso lleno de ternura.
Al instante, y a medida que ambos cuerpos se fundieron en un profundo abrazo, un suave vientecillo se levantó y barrió de la superficie de la rivera la niebla plateada que, como el velo de una bruja, desapareció en el cielo perseguida por los dorados reflejos del sol asomándose ya detrás de una colina. Entretanto, los miembros entrelazados de Marián y de su marido se estaban volviendo de color verdoso, y de sus fundidas sienes habían comenzado a brotar pequeñas ramas tiernas cubiertas de braquiolas, al tiempo que por todas partes les nacía una corteza de sauce verdiblanca de la que iban surgiendo varas y gajuelos con brotes y pujantes renuevos que la brisa movía levemente como si fueran plumas. De los pies y tobillos nacieron cien raíces que rápido buscaron las cálidas profundidades de la tierra y, tan pronto como se hundieron dentro de ella, aquellos cuerpos glaucos, cubiertos de follaje, empezaron a hacerse más robustos, a izarse por el aire con un vigor desconocido y a generar con fuerza nuevos vástagos y acodos que enseguida lograron conformar la espesa copa de un elegante sauce que desde entonces sombrea tibiamente, en las tardes de verano, la pradera existente junto al río.
(Y dicen los camuñas, los elfos y los gnomos que, sólo bajo los árboles surgidos de estos amantes verdaderos, construyen sus moradas.)

 

 

 

EL CORAZÓN COMIDO

 

UNO

ISABEL: ¡No te vayas así! ¡Ni me dejes con esta congoja metida en el corazón! ¡Quédate! ¡Quédate! ¡Que quiero que me ames de nuevo como si fuera la última que nos vamos a ver en este mundo! Suelta esas calzas a un lado y ese jubón... Y la almilla y los gregüescos... No te vistas aún... Déjame sentir tu piel de nuevo sobre mi cuerpo y oír latir tu corazón cercano al mío, mientras esta sed que me abrasa se sacia con la frescura de tus labios.
MARTÍN: No insistas, Isabel. Todo ha de ser de ahora en adelante diferente. Déjame que me vaya. Otro día volveré, te lo prometo.
ISABEL: ¿Otro día? ¿Quién puede confiar en el mañana? ¡Ámame ahora! ¡Abrázame de nuevo!
MARTÍN: Tengo que marcharme ya. Lo sabes bien.
ISABEL: Aún es de noche, Martín. ¿Cómo vas a bajar por esa tapia?
MARTÍN: Ya suena la alondra allá en el monte.
ISABEL: ¿Tan temprano canta hoy?
MARTÍN: Tú misma puedes oírla...
ISABEL: ¡Ay maldita luz del día que me deja sin lo que más amo en este mundo! ¡Aborrecible claridad que pretende exponer mis tesoros ocultos a la vista de todos! ¡Que se cierren los cielos para siempre y que una perpetua noche gobierne el universo eternamente para tenerte sin cesar entre mis brazos! ¡Que se retire el sol del cielo luminoso si con ello no te pierdo...!
MARTÍN: Debo irme enseguida.
ISABNEL: No me escuchas. No me comprendes ¿verdad? O no puedes comprenderme porque ya no me amas. Sí, eso es. Porque si me amaras no podrías despegarte de mi lado o te desgarrarías al hacerlo, como a mí me ocurre cuando te siento lejos.
MARTÍN: Isabel, no tienes derecho...
ISABEL: ¿Tú me amas de veras, Martín? ¿Tú me amas ahora como de niños jurabas que me amarías? ¿Como antes de que todo esto ocurriera? ¿Tú crees que me amas o es una rutina? ¿Tú sigues siendo el mismo Martín de otras veces o ya todo es distinto? ¡Dímelo, que no puedo vivir con esta duda!
MARTÍN: Yo te quiero como siempre te he querido, Isabel, pero hemos de dejar de vernos por tu bien y por el mío. Le perteneces. Eres suya y no mía.
ISABEL: ¿De quién? ¿De mi marido?
MARTÍN: Eres de él según las leyes.
ISABEL: ¿Qué leyes? ¿De qué leyes hablas? ¿De las que han inventado los humanos? Yo no me someto a esas leyes tan fácilmente. ¡Soy tuya desde niña! ¡Somos el uno del otro desde que jugábamos a que éramos pájaros y dormíamos en el mismo nido! ¡Tú has sido mi único amor, lo eres en este momento y lo seguirás siendo hasta después de mi muerte!
MARTÍN: Pero ahora todo es ya distinto. Yo no tengo derecho...
ISABEL: ¿Distinto? ¿Derecho? ¿Qué palabras son esas? ¿Dónde quedaron aquellas promesas de amor que nos hicimos? ¿Dónde fue a parar toda la eternidad que nos juramos? ¿Dónde la fidelidad que tan amorosamente me habías prometido?
MARTÍN: Pero él es tu esposo.
ISABEL: ¡A la fuerza! Un marido que atropelló mi voluntad y mis deseos, y me obligó a desposarme con él como si fuera una esclava.
MARTÍN: Pero lo es. Y tú sabes que ambos estamos en peligro en esta estancia si llegase y nos hallara juntos.
ISABEL: No lo verá, no tengas miedo, que no se atreverá a traspasar la puerta de mis aposentos. ¡Ésta es mi casa, mi alcoba, mi lecho, mi intimidad, mi vida! ¡Abrázame, de nuevo, te lo ruego!  ¡Así!
MARTÍN: Ya debo abandonarte...
ISABEL: ¡Ay, qué locura permitir que te vayas de mi lado! ¡Ay, que zozobra tener que conformarme con pensarte tan sólo hasta la noche! ¡Ay, que angustia verme obligada a soportar tenerte siempre cerca y no poder tocarte hasta que llegan las tinieblas!
MARTÍN: Abandonaré el servicio de esta casa y de tu marido. Me marcharé de tu lado si lo prefieres...
ISABEL: Ni lo digas.
MARTÍN: Viviré con mis padres...
ISABEL: Ni lo menciones.
MARTÍN: Me iré del pueblo y así tus ojos no hallarán ocasiones de añorarme...
ISABEL: Ni se te ocurra.
MARTÍN: Me casaré con otra si prefieres y así tendrás que olvidarte de mí a la fuerza...
ISABEL: ¿Por qué me torturas de esa forma tan cruel ahora?
MARTÍN: Me arrojaré a un profundo pozo de simas insondables y no podrás jamás recuperarme...
ISABEL: ¡Así sí! ¡En un profundo pozo para siempre! ¡Sí! Y yo contigo... ¡Déjame que te abrace!
MARTÍN: Me marcharé a la guerra y lucharé en primera línea de combate hasta que el enemigo me atraviese el corazón con una espada o de un tiro de espingarda...
ISABEL: ¡Más! ¡Más! ¡Más fuerte amor, más fuerte!
MARTÍN: Serviré a los leprosos y les curaré sus pústulas y llagas hasta que a la vista del mundo me vuelva repugnante con el contagio de sus llagas...
ISABEL: ¡No puedo más! ¡No puedo más! ¡Me rompes por el medio! ¡Me deshago!
MARTÍN: ¡Isabel! ¡Isabel!
ISABEL: ¡Martín!
MARTÍN: ¡Isabel!
ISABEL: Te quiero...
MARTÍN: Y yo a ti, mi amor...
ISABEL: ¡Soy toda tuya!
MARTÍN: ¡Ya ves, uno no necesita ser poderoso como tu marido para poseer todas las estrellas de los cielos!
ISABEL: ¡Él nunca poseerá ninguna! ¡Oigo ruidos! ¡Vete ya, Martín, corre!
MARTÍN: Hasta la noche, amor.
ISABEL: Me dices hasta la noche y para mí es como si me dijeses hasta el siglo que viene. Vuelve pronto, que cada minuto ha de contar, mientras te aguardo, como una eternidad.
MARTÍN: Hasta dentro de nada, si lo prefieres...
ISABEL: Hasta cuando tú quieras... ¡Pero vuelve! ¡Vuelve, mi amor, como regresa en ruiseñor a su cálido nido en medio de la noche!
MARTÍN: Volveré a verte cuando se apague todo.
ISABEL: Que la luz de la aurora no te descubra bajando de mi ventana. Y mientras te aguardo, ocultaré entre la blancura de mis sábanas nuestra paloma del amor que antes fue libre y ahora es prisionera.
 

DOS

DIOGO: Suplico-lhe, minha senhora, quer ter a bondade de adiantarse, para eu vos ver melhor à luz.
ISABEL: Señor... ¿Qué queréis de mí?
DIOGO: Paresceisme cansativa, como com dôr de cabeça, como si não tivesseis dormido bem esta noite.
ISABEL: Tenéis razón, no he pegado el ojo en toda la noche. Pero eso no es asunto vuestro.
DIOGO: E por que não?
ISABEL: Porque son cosas que atañen exclusivamente a mi corazón y en él nunca mandaréis. Y si duermo o vigilo es asunto mío.
DIOGO: Portanto é uma verdadeira pena, porque o vosso fermoso rosto sofre as consecuências dos vossos desveios. Estais realmente injuriada e desluscida. Tiveis chorado?
ISABEL: Ya os he dicho que no es asunto vuestro.
DIOGO: Mas tiveis chorado.
ISABEL: No.
DIOGO: Comprendo a vossa reticência de quer falar conmigo. É ainda cedo.  Pronto vos acostumareis a minha  presência nesta casa. E, quem sabe, depois ao meu corpo, às minhas carícias, aos meus beijos... Como é que se diz na vossa língua? Besos? A mis besos...
ISABEL: Eso lo dudo, señor. ¡Jamás he de ser vuestra! Podéis jurarlo.
DIOGO: Não vos adiantar ainda.
ISABEL: El presente es así, no le deis vueltas. Yo no he de cambiar. Me habéis obligado a ser vuestra esposa, pero nadie me apremia a ser vuestra amante ni vuestra amiga.
DIOGO: Sou muito paciente.
ISABEL: Y yo muy testaruda.
DIOGO: Sou muito compreênsivo com a pessoa que quero.
ISABEL: Y yo muy desconsiderada con quien no quiero.
DIODO: Posso vos-esperar.
ISABEL: Yo no puedo aguantaros.
DIOGO: Tenho toda a vida pordiante!
ISABEL: Y yo toda la eternidad.
DIOGO: As leves ondas do mar acavam por romper as duras rocas da praia.
ISABEL: No conozco el mar, señor. Soy de tierras adentro y aquí las montañas son indestructibles.
DIOGO: Sois a minha mulher, não me obrigar a vos-o-recordar cada manhã.
ISABEL: Lo tengo, desgraciadamente, muy presente a todas horas, pero ello no me obliga a amaros, sólo a serviros. Y os ruego que recordéis cómo os habéis apoderado de mi persona y de mi casa.
DIOGO: Com a lei na mão.
ISABEL: Con el atropello y las leyes de la guerra en la punta de la espada, no con el corazón. Os apoderasteis de mi hacienda y de mi casa por la fuerza y me obligasteis a desposaros para salvar la vida de mi padre.
DIOGO: Na guerra como na guerra!
ISABEL: ¡Pues en el amor como en el amor!
DIOGO: O que é que quereis dizer?
ISABEL: Lo que vos seguramente habéis entendido: que no os amo y que jamás podré hacerlo.
DIOGO: Já trocareis.
ISABEL: No cambiaré.
DIOGO: Consultade-o com a vossa almofada uma noite mais.
ISABEL: Aunque fueran cuarenta.
DIOGO: Compreendo. Portanto apanhade cuarenta mais. E sobre tudo repousade. Teneis olheiras e isso afeia o vosso bonito rosto. Repousade.
ISABEL: Ya os he dicho que no puedo.
DIOGO: E por que é que não podeis?
ISABEL: Pues veréis señor: os podría decir que no puedo dormir porque no soy feliz, porque amaba a un joven del que estuve enamorada toda mi vida y, como me desposasteis, lo perdí para siempre. Pero como las reglas de vuestro juego seguramente me impidan expresarme con tanta claridad, os diré simplemente que la razón de mis desvelos es que hay un pajarillo que canta en mi ventana toda la noche y me desvela. ¿Os gusta más así?
DIOGO: Está bem. Se esse passarinho é a causa da vossa vigília e do vosso desassossego, intentareimos procurar e pôr remedio. É a obrigação do marido manter o reposo da sua mulher.
 

TRES

LUISA: No has probado bocado, mi señora.
ISABEL: No tengo ganas de nada, Luisa. Estoy nerviosa y desesperada. Don Diogo da Silva trama algo. Me lo da el corazón. Estoy segura.
LUISA: Imaginaciones tuyas, señora mía. Solo imaginaciones. Don Diogo es un caballero que no os haría daño por nada del mundo. Lo único que pretende es haceros la vida lo más agradable posible, pero espera a cambio alguna recompensa, como cualquier hombre.
ISABEL: Nunca la tendrá. No puedo perdonarle lo que me ha hecho: cortarme la existencia en el mejor momento de mi vida y pretender obligarme a amarle estando como está mi corazón sangrando de amor y de añoranza por otra persona. Amo a Martín y no soy libre para hacerlo. Deseo a Martín y no tengo libertad para expresarlo. Anhelo sus caricias y debo conformarme con soñarlas...
LUISA: Habláis del amor a boca llena y os empeñáis en amar sólo con las entrañas.
ISABEL: ¿Y de qué otro modo podría hacerlo?
LUISA: Con lógica. Ya os he dicho que una mujer que se precie debe ser más cauta, tener más recovecos y no entregarlo todo a una persona, porque después, quién sabe, la vida nos lleva y nos trae por vericuetos impensables y nos pone delante de las manos lo que no pensábamos, quitándonos lo que creíamos más certero. Además, cuando se pone tanta carne en el asador, luego se sufren terribles decepciones y cuando una mujer no busca su comodidad futura y su sosiego económico, por mucho amor que haya de por medio, está siempre vendida al menor traspiés y, en cualquier momento, al cabo de la calle.
ISABEL: Pero yo amaba como siempre había deseado y al hombre que mi corazón había escogido. Y él me amaba a mí. ¿Por qué tuve la desgracia de ser elegida para esposa de este bruto? ¿Por qué el destino me preparó esta trampa?
LUISA: Porque en esta vida no siempre conseguimos lo que deseamos y el azar se complace, ya te darás cuenta por ti misma, en variarnos y en llevarnos de acá para allá a su capricho como si fuéramos briznas de paja.
ISABEL: ¡Pero no es justo!
LUISA: ¿Y quién habla de justicia? ¿Es justo el cielo o el infierno? ¿Es justo el rey y sus ministros? ¿Es justo que la fatalidad consienta que habiendo sido este pueblo siempre de España, pertenezca hoy a Portugal? ¿Es justo que nos obliguen a descifrar el idioma vecino cuando no comprendemos ni siquiera el nuestro? ¿Es justo, acaso, que tú seas el ama y yo tu doncella?
ISABEL: ¿Y es justo que tú seas más fuerte que yo en el amor? ¿Es justo que tú te hayas casado con el hombre que siempre amaste?
LUISA: Bueno, sobre eso habría mucho que contar. Sólo te diré que al menos era el que más me convenía.
ISABEL: Pero al menos, y aún siendo una criada, no me negarás que sí tuviste la oportunidad de decidir cuál era el que más te interesaba.
LUISA: ¡Claro que sí, mi señora, sólo hubiera faltado eso!
ISABEL: Y tuviste libre el pensamiento para hacerlo, pero es que mi cabeza no está en mí ni vive con mi cuerpo, sino que se halla donde Martín esté de día o de noche. Y no quiero ni por un momento pensar que he de perderlo o renunciar a compartir mi vida con él en adelante.
LUISA: Te comprendo, pero tú no comprendes que hay imponderables en la vida. Y uno de ellos es que a Don Diogo da Silva el destino lo puso en tu camino.
ISABEL: Mucho más que eso. Lo cruzó en el mismo umbral de mi casa y él secuestró mi vida para siempre. ¿Pero por qué tuvo que venir a este pueblo de la Torre y no a Villasbuenas o a Gata o a Cadalso este capitán extranjero a instalar sus reales, y fijarse en mi cuerpo y en mi hacienda? ¿Pero por qué hemos sufrido yo misma y mi familia este infortunio?
LUISA: Debes aceptar las cosas como son y resignarte, mi ama. Todos hemos tenido la misma mala suerte. A ti te ha tocado soportar a un marido al que no amas, pero mira el pueblo en qué ha quedado convertido. Cientos de soldados portugueses por todas partes, que no han traído más que muerte y enfermedades. Ya ves que sino: un rey francés que, queriendo serlo de España, nos pierde de su territorio y nos echa en los brazos del de Portugal.
ISABEL: Sí, pero a vosotros sólo se os exige decir amén a todo lo que ordene el gobernante portugués, mientras que a mí se me ha obligado a abrazar a uno de sus capitanes para toda la vida.
LUISA: A cada uno su cruz... ¡Y a los de Felipe V de España ... Juan IV de Portugal!
ISABEL: Pues yo no pienso llevar la mía. Que ésta es más pesada que la de Cristo.
LUISA: También tu amante la lleva, aunque los hombres, estas cosas, ya se sabe...
ISABEL: ¿Le has visto?
LUISA: ¿A quién? ¿A Martín?
ISABEL: ¿A quién va a ser?
LUISA: ¡Pues claro! Como todas las mañanas, al pasar por las caballerizas, enjaezando y limpiando los caballos. Ay, señora, perdóname, lo había olvidado, pero me dio esta guija para ti, ya sabes...
ISABEL: ¡Dámela, dámela aprisa! ¡Eso quiere decir que volverá esta noche de seguro!
LUISA: ¡Y aún te quejas! ¡Vives en esta huerta espléndida y en esta casa grande, tienes criados, un marido rico y buenos trajes y, por si fuera poco, te visita tu amante casi todas las noches! ¡No tienes derecho a lamentarte de esa manera!
ISABEL: ¡Te prohibo que me hables así y que de mí te burles! Vivo, es cierto, rodeada de lujos, pero esto no es más que una jaula de oro de la que necesito salir volando cuanto antes. No voy a quedarme aquí encerrada para siempre, ocultando mis sueños y emociones. Quiero, como cualquier mujer de veinte años contárselos a los cuatro vientos y no a un marido añoso y extranjero al que, además, apenas entiendo cuando habla.
 

CUATRO

DIOGO: E esta noite, tiveis dormido melhor?
ISABEL: He dormido, que ya es algo.
DIOGO: Alegro-me por vos, minha mulher. Já estava sendo hora. Talvez com a chegada da primaveira vos-se-mude a côr e vos-se-abra o apetite. E, quem sabe, possiveilmente cambieis de ánimo.
ISABEL: No os esforcéis. No cambiaré.
DIOGO: Torres mais altas têm caido.
ISABEL: No se trata de derribar, sino de...
DIOGO: Si, já sei, de convecer, e eu não vos conveço muito...
ISABEL: No me convencéis nada, ni provocáis en mí la más mínima emoción ni el más ligero desvelo...
DIOGO: Porcerto, se falamos de desveiar, continua a vos disturbar o pássaro durante a noite?
ISABEL: No. Hace dos noches que no viene.
DIOGO: E cómo é que seguis com essas olheiras e esse péssimo aspeito? Não ireis-me dizer agora que vais echa-lo de menos?
ISABEL: Pues a decir verdad...
DIOGO: Vamos! Vamos! Tendes de ser lógica ante tudo. Se não dormiais por causa do pássaro, agora que não vem à vossa janela, tendes de dormir perfeitamente! Não compreendo isso de a dizer verdade... Tendes de ser clara como a agua da fonte. Ou sim ou não... Mas sobre tudo, não vos complicar a vida com nimiedades. Sois minha e esto não tém solução. Sou o vosso novo padrão. Olvidade o velho amante. Daos um respiro e gozade do presente, desta maravilhosa luz do dia e dos manjares desta mesa. Adiantarvos, minha senhora e comede a vontade.
ISABEL: No tengo mucha hambre.
DIOGO: Que sirvam-nos um bom vinho para ir abrindo o apetite. Probad esas pombas em molho de mêl e amêndoas. O este faisão com molho de figos. E esse delicioso queijo da minha terra.
ISABEL: No me ablandaréis por el estómago ni con lisonjas de este tipo, os lo advierto. Mi boca y mis deseos nutritivos nada tienen que ver con mi corazón.
DIOGO: Certo. Nada mais longe da minha intenção. Não pretendo trocar de sítio ni mezclar a boca com o coração, querida. Simplesmente desejo mostrar-vos o caminho mais direito para chegar ao coração doutra pessoa: a amabilidade, a afectividade e tambem a afabilidade... Cualidades que por desgraça não adornam o vosso espírito...
ISABEL: Pasadme la fruta y una copa de agua clara. No estoy interesada en discursos morales a estas horas.
DIOGO: Está bem, como querais... Probade tambem de aquel tabuleiro os figadinhos e o coração que há no méio. São dum cordeiro branco como o leite que esta mesma manhã foi sacrificado para mim e para vos exclusivamente.
ISABEL: Si insistís...
DIOGO: Delicioso. Não é verdade?
ISABEL: Muy bueno, sí.
DIOGO: Já véis: algo bom que vém de mim. A primeira coisa. Pode que depóis vendrão mais.
ISABEL: Perdéis el tiempo.
DIOGO: Nunca faço as coisas porque sim, para perder o tempo. Todo tem un sentido, já  vereis-lo... Um bocadinho mais!
ISABEL: ¿Por qué no?.
DIOGO: Como paresce que esta manhã teneis fome, deveis de vos terminar todo, que logo já sabe diferente. Agora, de recente, o seu sabor não tém  preço.
ISABEL: En eso tenéis razón.
DIOGO: E tambem noutras muitas coisas, querida, já vereis-lo. Vos gostasteis do guiso e das assaduras?
ISABEL: Ya os he dicho que sí. ¿Por qué insistís?
DIOGO: Não, não, por nada, por nada!
ISABEL: ¿Y esa sonrisa?
DIOGO:  Que sorriso?
ISABEL: La vuestra.
DIOGO: E um sorriso de prazer, querida. O vosso problema e o meu já têm terminhado.
ISABEL: ¡No os comprendo!
DIOGO: Já não vos desveiaram mais nem de noite nem de dia. Já não teneis de vos preocupar nem por o vosso sonho nem por as vossas olheiras. Já não teneis de viver cheia de remordimentos por dividir o vosso pensamento entre a obrigaçao e o desejo. O pássaro que vos desveiava não escalará mais de noite até a vossa janela nem até os vossos apossentos. E finalmente todos acharemos o sossego nesta casa e podremos dormir em paz.
ISABEL: ¿Qué queréis decir?
DIOGO: O que tenho deito, querida. O que havéis escuitado. Acabais de vos comer o coração... Se dice corasón na vossa língua? Acabáis de vos comer el corasón do vosso amante!  

Juan J. Camisón: EL CORAZÓN Y LA ESPADA

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