DEL CARNAVAL HURDANO DE LA HUERTA
AL PERO PALO DE VILLANUEVA DE LA VERA
Juan José Camisón
Este año, por fin, he estado en el Pero Palo. Llevaba con ganas desde hacía ni se sabe. Pero los Carnavales, la verdad, es que son un momento complicado para decidir ir expresamente a un sitio concreto: siempre surgen otras posibilidades igualmente atractivas… Pero este año estuve. Atravesé todo el norte de la provincia de Cáceres para ir. Había estado el día antes en El Carnaval Hurdano, que se celebra cada año en una alquería distinta a donde acude la gente disfrazada desde los diversos pueblos circundantes. Tocó celebrarlo en LA HUERTA, un caserío instalado en la falda de un otero, como un portal de belén y con una carretera-vereda de acceso por la que llegabas con el coche hasta la aldea pero sin posibilidades, luego, de aparcar en ningún sitio (porque no había) si no era en medio de los olivares que la rodean… Pero fue emotivo: muchos tamborileros, mascaras ancestrales vestidas de pieles con cencerros a la espalda, los consabidos travestismos, mucha comida para los visitantes (alubias con oreja) y, como a eso de las 2 y media, el momento cumbre: de repente surge una comitiva de no se sabe dónde, formada por flautistas y tamborileros que, tras atravesar dos calles, comienza a cantar, a la puerta de una casa concreta, unas preciosas alboradas… Emotivo, la verdad… Al poco, alguien acerca hasta el umbral unos cuernos de macho cabrío por detrás de los cuales, a manera de toca burda, pende un saco de rafia… Un pollino se abre paso entre la apretada comparsa, conducido por unos hombres vestidos de mujer con la cara pintarrajeada de negro… Arrecia el canto y, de pronto, se abre la puerta hacia la que la trova se dirige y aparece una mujer treintañera, guapa, rubia, emocionada… Es la Reina del Carnaval Hurdano… La encaraman al burro… Y hombres que portan sacos llenos de paja a la espalda comienzan a lanzar puñados de briznas sobre los asistentes (imagino que, como en las bodas el arroz, en los festejos los confeti o en otros sitios agua o harina… para desear felicidad y éxito. Es un trasunto de origen remotísimo, los griegos ya lo hacían… ) Encaraman a la joven sobre el jumento... Siguen sonando los cantos, cada vez más emocionados y rotundos… Y la comitiva, tras ponerse en marcha, se encamina hacia la pequeña plaza del lugarejo. Delante van unos mascarones con cabeza de toro, más atrás portadores de peleles pinchados en varas, luego los celebrantes con túnicas y caretas, por fin la reina coronada con los cuernos de macho cabrío y el velo de rafia… Va montada a sentaillas, es decir con las dos piernas colgando del mismo costado del pollino, no escarrapachá, como los hombres montan, con una pierna a cada lado… Eso le procura un cierto desequilibrio y algunos mozos deben sujetarla, lo que da al momento más pomposidad y boato, pues parece realmente el cortejo de una auténtica soberana de alguna tribu salida de una ancestral ceremonia, allá en un pasado remoto… Detrás van los tamborileros y flautistas… Más a la zaga, una comitiva de novios y padrinos grotescos que había venido de otro pueblo para fingir un casorio en una boda burda…, unos hombres vestidos con uniformes de esqueletos de muertos…, otros con pieles…, otros con sayones y hopalandas… Me sentí transportado a la edad media, a los caprichos de Goya, a la elección du Roi des Fous descrita en el comienzo de Notre Dame de Paris por Victor Hugo… Duró poco el acontecimiento pero fue magnífico… Luego ya siguió la fiesta general carnavalesca acostumbrada, pero no era lo mismo. La magia había pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Al día siguiente tuve que atravesar casi todo el norte de Cáceres para llegar a VILLANUEVA DE LA VERA. Pasé por Guijo de Granadilla, el pueblo donde Gabriel y Galán escribió sus versos, por Plasencia, junto a su hermosa catedral y sus murallas que cada vez, al ir derruyendo las casas que a ella seguían adosadas -sabia medida del Consistorio-, se van pareciendo más a las de Ávila, y me adentré en la comarca de la Vera. Hacía años que no iba más allá de Cuacos y de Yuste. Todo estaba cambiado… Los pueblos son magníficos, con estupendas comunicaciones, atractivos hoteles y restaurantes… Arroyomolinos, Tejeda, Pasarón, Torremenga, Jaraíz, Cuacos, Aldeanueva, Jarandilla, Losar, Viandar, Valverde, Villanueva… Todos ellos con el apellido de la Vera. A mí que siempre me había dado envidia ver esos preciosos pueblos de Francia o de Inglaterra en mis viajes y que pensaba que nunca llegaríamos en Cáceres a tener pueblos tan cuidados, esta vez me regocijé gozoso ante lo que estaba viendo. Ya no había apenas diferencia con esos hermosos rincones europeos. La Vera era una comarca cuidadísima y llena de servicios… La montaña nevada al fondo (estribaciones de la Sierra de Gredos, Montes de Cebrero, Pico del Moro Almanzor…), ríos, gargantas, veredas señalizadas para senderismo, el Monasterio de Yuste trayéndome a la memoria recuerdos del Emperador y del Jeromín del Padre Coloma, el magnífico castillo de Jarandilla, el anuncio de la Cueva Puta Parió (donde tan buenos ratos pasé, antaño, viendo a su dueño hacer bailar a los muñecos de palo), estupendos hoteles, restaurantes, campings de primera categoría en casi todos estos pueblos… Estaba entusiasmado.
A las 10 de la mañana llegué a VILLANUEVA DE LA VERA. Poca gente en las calles. Mucho silencio. Ese misterio me atrapó enseguida. Algo, sin duda, estaría sucediendo en algún sitio y yo me lo perdía. Me dirigí a la plaza… Al final de la cuesta que desembocaba en el Ayuntamiento, me impresionó el monigote del Pero Palo (que tantas veces había visto fotografiado en revistas y libros) pinchado en una picota (la aguja de la deshonra, aquí la llaman), justo en la confluencia de la calle por la que yo ascendía y el comienzo de la plaza. Nadie, a excepción de dos municipales, en el recinto… Los despojos de una fiesta desmedida de la víspera atiborrando el suelo: trapos, cascos de botellas, trozos de vidrio y fuerte olor a alcohol trasegado y ya viciado, invadiéndolo todo… De pronto, escucho a lo lejos un intenso redoblar de tambores, afino el oído, busco la bocacalle por la que se va acercando el ronco parcheo y me dirijo hacia donde suena, a toda prisa. Me topo de frente con una comitiva organizada de cientos de personas que procesionan ordenadamente al ritmo de las cajas. Decenas de mujeres vestidas con el traje típico verato, docenas de hombres con sus capas negras, su sombrero de fieltro y con camisas de lino de pecheras bordadas, algunos jóvenes con un pañuelo atado a modo de diadema por la cabeza y un gran mantón de manila terciado sobre un hombro, escopeteros disparando a cada poco, una veintena de tamborileros marcando el ritmo de la comitiva con sus redobles roncos… Me dicen que son los capitanes de la fiesta, los alabarderos. Todo transcurre de modo muy serio, muy formalista, casi impecablemente… Acaban de condenar al Pero Palo por sus excesos sexuales (como en todo carnaval, aunque la gente diga que se trata, en este caso, del ajusticiamiento de un judío, que la Inquisición en este ritual está presente, que los tercios de Flandes van y vienen por en medio de estos ritos militarizados, en el fondo es a la concupiscencia a la que se condena y se atenaza…) Pregunto por el famoso rito del burro, que tanto ha dado que hablar en los medios ecologistas. Casi no me responden: va por otru sitiu, sta pa otru lugal… M’endirgan pa óndi (aquí se dice así) y voy a ver qué saco… Detrás de la iglesia hay un tumulto impresionante… Primero veo venir una larga procesión de hombres, jóvenes y niños (no hay casi mujeres) agarrando una soga larguísima que va por en medio de la calle, oscilando de lado a otro. Hay tipos con esquilas, campanillas y cascabeles que hacen sonar a cada poco… Todos prácticamente llevan blusones de rayas grises y azules como los antiguos pelliqueros, como los vendedores de harina y azúcar de los comercios antiguos, como los segadores cuando se vestían de gala…, cientos de ellos tirando de la soga… Pretendo cruzar una calle para hacer fotos, pero de golpe me veo atrapado por la maroma, casi aplastado contra la esquina de una calle; me escabullo y doy de bruces con un tumulto impresionante: mozos y hombres muy borrachos, o a mí me lo parecen, van sujetando malamente a otro joven sobre el asno. Éste apenas se tiene encima del animal y deben ir apoyándolo desde ambos lados de la cabalgadura. Los gritos son ensordecedores: cantan canciones picantes carnavalescas, cuentan cosas festivas, no se cabe por las calles, me arrollan literalmente de un lado a otro de la calzada, me veo transportado en andas y volandas (mejor dicho: entre brutales empellones y empujones) durante varios metros. Es una exultante celebración de la fiesta, es sin duda (aunque ahora esté desvirtuado y piensen que se trata solamente de de un acto de borrachos) la elección del Rey del Carnaval, al que, evidentemente, homenajean todos los habitantes jóvenes de Villanueva en un festejo jubiloso y en medio de un desbordante regocijo… Éstos, me digo, nada tienen que ver con la otra comitiva seria que pasea en dirección contraria, acompañada de los tamborileros… Ni siquiera se cruzan... En efecto, cuando los capitanes llegan a la plaza, los mozos siguen por otro camino con su jocunda caravana, llena de empellones y gritos, sin mezclarse. (El burro -envidia de los burros que trillaban, araban y acarreaban antes- nada sufre, sólo va cargado con un hombre, y para este acto, pasa el resto del año en un buen huerto y bien alimentado)
Ante el Ayuntamiento se concentran los del primer desfile (vamos a llamarlos los formales). Sube la capitana (este año es mujer como en el Carnaval de Hurdes, tal vez por eso de la paridad) al balcón principal del Consistorio, pinchan la bandera del Pero Palo (¿tendrá que ver algo este nombre con un juego o entrenamiento militar del siglo XVI que se llamaba el Pedro de Palo?), se emociona, lanza docenas de claveles, de caramelos, de vítores sobre los abajo concentrados… Hay aplausos, cientos de disparos al aire. Es la fiesta. Hay baile en medio de la plaza. Nunca vi tantos trajes tradicionales juntos: hermosos zapatos de terciopelo bordados, manteos y sayas plisadas de bayeta con pasamanerías, con adornos al trapo, mantones de manila, de cien colores (vi el de la sandía, el portugués, el del gallo, los vi chinos, de flecos, de lana, de seda…), era una explosión de color, había aderezos inimaginables: hilos de oro con cuentas gordas, terciadas, diminutas, pendientes de calabaza, de reloj, de pera, de chozo, de pendije, de cinco puntas, tembladeras, cruces de peba, veneras, galápagos sobre el pecho… De pronto se baila, se canta, se ríe, todos se divierten… Aquello dura lo suficiente como para cansar a las mujeres…
Me dicen que la capitana va a invitar a todo el mundo a vino, a ponche, a dulces, en su casa… Y la gente se dirige a su vivienda. Hago lo que veo hacer. Los acompaño. Cuando llegamos, ondea la bandera del Pero Palo en su balcón. Hay macetas con flores en la calle, todo está adornado. Inmediatamente comienzan a salir de la casa mozas y mujeres vestidas de veratas con enormes bandejas de dulces: cuernos, perrunillas, mantecados, floretas, buñuelos y pestiños… Hombres con enormes jarras sirven a todo el mundo (ha venido medio pueblo) vasos de limonada, de vino, de sangría… Es como una boda. Me presentan a la capitana. Le pregunto cosas sobre la fiesta, sobre su promesa de ser capitana, sobre el orgullo de llevar a cabo este carísimo convite para cientos de personas… Me hablan de los entresijos del Pero Palo. Me dicen que posiblemente se trate del remedo de un acto inquisitorial en el que un ladrón fue ajusticiado por la Inquisición. Modestamente les hago ver que yo opino de otro modo: que posiblemente se trate de una burla hacia algún recaudador de impuestos enviado desde Cuacos, desde Yuste, donde estaba el Emperador Carlos V… O de restos de algo parecido. Les digo (estoy con hombres y mujeres leídos, instruidos, cultos –me niego a poner cultos y cultas, leídos y leídas, instruidos e instruidas, no quiero hacer el ridículo destrozando el idioma, pues no soy uno de esos políticos que buscan, a través de este disparatado mecanismo, unos cuantos votos, ni estoy obligado a ponerme de parte de unas cuantas recalcitrantes feministas iletradas y medio analfabetas-) que el uniforme del Pero Palo es muy anterior al siglo XVIII, que me recuerda a los militares de la Guardia Nocturna de Rembrandt y a otros tantos que aparecen en los cientos de cuadros de la pintura flamenca del XVII, o lo que es lo mismo, a las milicias flamencas que el Emperador pudiese haberse traído desde Flandes para que velasen por su seguridad en los últimos días de su vida, allá por 1550… Hablamos y bebemos y probamos un poco de las dulces delicias que hacen en Villanueva de la Vera… Y llegamos a la conclusión de que, signifique lo que signifique el Pero Palo, lo importante en estos momentos es la confraternización que este acto produce, la amenidad del rito, la satisfacción del encuentro…
Cuando todo termina, doy una vuelta por el pueblo, fotografío calles, balconadas, viejas piedras, viejos recuerdos, maderas entrabadas en fachadas y pasadizos hondos… Me recomiendan que vaya a comer a la Rectoría. Lo hago y me alegro de haberlo hecho, pues pruebo un excelente jamón ibérico y un exquisito lacón al horno con pimentón picante de la Vera… Una delicia.
De vuelta a la plaza, me topo de lleno con una ronda animadísima. Bandurrias, laúdes, guitarras, calderos, castañuelas, un gran corro y un canto a la limón impresionante: profano, escatológico, fresco, divertido, carnavalesco en suma: cuando me da la gana/ me la meneo/y si te pica, niña/ métete el deo… He tenío relaciones/ con la hija del cabrero/ y tenía entre las patas/ las barbas de un chivo negro… Cantaron la estrofa del nabo, la de la gorda, la de éste que…, la de aquélla que… Y más y más y mucho más de lo imaginable... Pasé más de dos horas (toda la siesta) escuchándolos, sin ser capaz de despegarme de su lado. Cuando se da así la música y el canto, tan fresca y regaladamente, uno tiene dificultades para desasirse de intérpretes tan excelentes y creativos. La trova fluía de sus bocas y la música de las cuerdas de sus instrumentos y de las púas que apretaban entre sus dedos, como el chorro cristalino de una fuente, sin aparente esfuerzo y sin producir el menor roce… Me emocioné pensando que así debieron ser los juglares de la edad media, los bardos de carrefour, los trovadores de calle y de mercado que cantaban para el pueblo llano…
A las 4 comenzaron a colocar los bancos en la plaza: una especie de estrado para que quien quisiese se pasase por allí y colaborase económicamente en los gastos de la fiesta… Acude ya a la plaza gente poco a poco. Veo por fin chicas jóvenes ataviadas con los trajes típicos. Ahora las mujeres que llegan al recinto vienen vestidas de absoluta gala. Los trajes son ricos, la indumentaria mucho más seria que la de la mañana, las telas delicadas, los aderezos de los buenos. Se anima el espacio porticado hasta llenarse por completo. De repente suenan de nuevo los tambores atronando en el fondo de una calle hasta que aparecen por una punta de la plaza. Tras ellos los calabaceros: los mismos que esta mañana aclamaban a Rey del Carnaval, venían ahora ensordeciendo el aire con su animado estruendo, mientras enarbolaban racimos inmensos de calabazas atadas a un enorme palo. El alcohol seguía invadiéndolo todo y marcando fuertemente el ritmo de su marcha. Yo corro y me muevo, con no pocas dificultades, en medio de un maremágnum de gente apenas controlable, empujado por el deseo de conseguir las mejores fotos, casi siempre arrollado por el enorme rebullicio… A duras penas logro ver cómo los calabaceros se dirigen al estrado, se colocan en dos filas, gritan, se exaltan, vociferan…, y esperan a que alguien intente pasar entre ellos a pagar el óbolo en el improvisado mostrador que, a la sazón, se ha montado en una punta de la plaza con un telón de fondo, como si fuera una mesa petitoria... Dos peropaleros valientes lo intentan… Al pasar entre los calabaceros, éstos descargan sobre ellos tales calabazazos que los peropaleros se ven obligados a tirarse al suelo. A mí me aplasta el gentío que a su alrededor se apelotona. Mi cámara de fotos vuela por los aires. Me desplazan a empujones casi veinte metros del sitio que, ingenuo, yo había supuesto que era un estupendo emplazamiento. Gritan, saltan, se enfurecen, golpean, estallan sobre las espaldas de los apaleados las arracimadas calabazas, vienen los fragmentos a golpearte en las manos o en medio de la frente… Es el resarcimiento carnavalesco de los menesterosos de antaño y de los jóvenes de ahora contra las clases superiores, contra los poderosos… Nada tiene que ver esto con el Pero Palo, con su ajusticiamiento, con la burla y el sarcasmo ejercido contra el recaudador de impuestos del Emperador de Flandes… Esto está mucho más cerca, qué duda cabe, de las Lupercales romanas o del apaleamiento del Mamurius Veturius, esa reencarnación del viejo Marte romano en un hombre andrajoso o vestido con pieles que, a final del invierno, era expulsado de la ciudad a palos y a pedradas…
Tras una hora, se calma la refriega… Por la punta opuesta de la plaza, la otra comitiva, la formalista, llega y desclava de la picota al Pero Palo. Una mujer con gafas se lo carga al hombro, la acompañan un niño regordete y un hombre con chaqueta de paño y camisa de lino con la pechera bordada de deshilado finos. Está emocionada. Más que si estuviese cargando con la Virgen de la Soledad o con el Cristo de la Buena Muerte… Lo pasean conmovidos por la plaza y por las calles del pueblo nuevamente. Han salido incluso los alabarderos, alabarda de soldado flamenco en mano, terciado sobre un hombro un mantón amarillo de Manila y de flecos hasta el suelo, faja roja y pañuelo anudado a la cabeza como un cachirulo... La procesión es, otra vez, respetuosa y emotiva. Hay cientos de personas: todos los hombres con el traje típico y todas las mujeres con sus galas antiguas y sus mejores joyas… El capitán es portador de la bandera y la capitana lleva en sus manos una zarza de la que pende un chorizo, simbolizando la castración del Pero Palo…
Al final de la tarde, el Pero Palo es manteado en un gran corro y en medio de un enorme regocijo. Luego, al anochecer, lejos de la plaza, a las afueras, es decapitado y quemado el pelele en una gran hoguera… Las mujeres, algunas de las cuales se han vestido de luto, lloran su muerte y se lamentan, narrando con cómica añoranza, en coplillas satíricas, las antiguas proezas sexuales del personaje representado en el monigote…
Es Martes de Carnaval, víspera del Miércoles de Ceniza, del tiempo que el cristianismo decidió que fuera de pasión, de penitencia, momento en que la concupiscencia y la sexualidad debían ser relegadas en pro de la espiritualidad y de los rezos… Pero no está todo dicho con esto, pues, aunque el muñeco de paja haya representado, desde siempre y para muchas culturas, el sexo que había que reprimir, no es menos cierto que, para otros, significaba el año viejo que termina con el mes de febrero (para los romanos el año nuevo comenzaba en marzo) y con cuya destrucción se da paso a una flamante y fructífera primavera… Con la aniquilación del Pero Palo (guardan sólo la cabeza, que aquí llaman la torra, para el siguiente año) se destruye también lo oscuro, lo negativo, lo viejo, lo gastado. Sus llamas darán paso a un nuevo periodo de luz (eso es, al menos, lo que se espera con este cuasi-exorcismo) en el que todo ha de ser nuevo y lleno de esperanzas…, muy a pesar de que el cristianismo lo entendiera de otra forma e hiciera ver, antaño, que, tras la anulación de la concupiscencia con actos como éste, lo que preparaba era el camino para abordar el tiempo de pasión que, con el miércoles ce ceniza, comenzaba, y de haberlo fomentado de este modo durante siglos, cercenando el placer carnal tanto en esta ceremonia (el chorizo colgado de la zarza que porta la capitana es prueba de lo que contamos) como en tantos otros rituales semejantes (peleles, botargas, bujacos, judas, manolos, monigotes, martos, etc) en los que muñecos parecidos son escarnecidos y befados como preludio cuaresmal… (incluso la corta de cabezas de gallos que aún se practica en muchos pueblos extremeños, como acto carnavalesco primordial de quintos, no simboliza otra cosa diferente: la lujuria decapitada…)
Hoy es absolutamente necesario subrayar que existieron otras razones (y por lo tanto debe haber otras interpretaciones) menos castradoras: con la quema de los peleles se ponía punto final al tiempo de estar vacante, sentados a la lumbre, viendo caer la nieve (hablo con la mentalidad de quienes estos atávicos ritos inventaron). Llega la primavera a toda prisa, comienza el nuevo año (romano, es evidente). Hay que roturar la tierra, sembrarla, prepararla, cuidarla, mimarla hasta que nazcan nuevos frutos… Es, por lo tanto, ya tiempo de trabajo, tiempo de actividad, si queremos que llegue el tiempo de comida abundante que durante el largo invierno hemos aguardado, un tiempo de vida nueva, de esperanza... Nada hay de extravagante ni estrambótico ni en el Pero Palo ni en el Carnaval Hurdano, a mi juicio, en una sociedad pastoril y agraria como fue la que, hace siglos, puso en marcha tales rituales... Se trataba de ceremoniales de supervivencia meramente.
Al fin y al cabo todo rito está intrínsecamente ligado a una de estas tres connotaciones: a) dar gracias a los dioses o pedir misericordia, b) realizar actos mágicos que hagan que la tierra fructifique y el ganado medre para llenar la panza, c) purificar nuestros cuerpos y nuestros espíritus para que el mal y las enfermedades no nos arrastren al desastre… En definitiva: la lucha por la vida y la búsqueda de justificantes para aceptar la inexplicable y sorprendente muerte. Lo de siempre.
Anexos:
Es evidente que todo el asunto simbólico-mágico del carnaval villanovense, en un momento dado debe de haberse visto contaminado por la Historia particular de la zona (asentamiento del cristianismo, religiones paganas perviventes, estancia de los tercios de Flandes en Cuacos y Jarandilla, rastros heterodoxos de la expulsión de judíos, actos inquisitoriales, visita de los paisanos de Villanueva de la Vera a Llerena cuando fueron acusados, en la época de Felipe II, de haber dado muerte a un militar, etc, en un sincretismo impresionante que, hoy en día, sólo deja ver las puntas de los inmensos icebergs que bajo la apariencia festiva están agazapados. Véanse sino estas coplas que aún hoy cantan los villanovenses)
COPLAS DEL PEROPALO
Coplas del Peropalo
Yendo yo por Mesallana
me encontré con un cabrero
Con el Peropalo al hombro
iba gomitando suero
A
ese que le llaman Judas
y de nombre Peropalo
Le ha venido la sentencia
que tiene que ser quemado
Que
se junte mucha leña
y se jaga un joguerón
y allí se vayan echando
los de la mala intención
El
Peropalo en su sitio
yo no sé de qué murió
De un garbanzo que comió
arrevuelto con tocino
Rabo rabo de cochino
Yendo yo por Mesallana
me encontré con un pelao
Y me dijo donde vas
voy a por queso al Jorcajo
Y me dijo ten cuidado
al ir al Jospitalón
No te salga algún malvado
de los de mala intención
No
se arrimen a los quicios
los que vais con el tambor
No sos pasen por el chuzo
los de mala intención
El
Peropalo en su sitio
que cuidado les da a ellos
De que mire pa solano
de que mire pa gallego
Que
cuidado le da a nadie
Que el Peropalo repita
Que es limosna que hacemos
A las ánimas benditas.
La Inquisición
En
el año ochenta y uno
hicieron la jugarreta
entre judíos e intrusos
y gente de mala secta
Aquellos inquisidores
gozaron de nuestra fiesta
porque la vieron de hacer
cuando juimos a Llerena.
Llamados por un traidor
que se puso a darles cuenta
y su nombre se negó
porque allí no apareciera
Un
don Diego de la Jara
se puso por apellido
y ese nombre en Villanueva
que jamas ha aparecido
Trescientos cincuenta y uno
nos salían al encuentro
A recibir la alegría
que traíamos los presos
Dios
se lo pague señores
venimos de enhorabuena
Que somos los presidiarios
que venimos de Llerena
El
primer día del año
se ha de escribir un renglón
que se ha vencío en Llerena
a la Santa Inquisición
A
pesar de los pesares
se ha de tocar el tambor
que se ha vencío en Llerena
a la Santa Inquisición
Cantares Paganos
Por
las montañas de Oviedo
baja un valeroso Greco,
montadito en una cabra
con su albardón y su freno.
Y por compañía trae
cuatrocientos mil gallegos,
los unos vienen preñados
los otros vienen pariendo,
y otros a medio parir
y otros parios enteros
Y les dice hijos míos
hijos de aqueste ciruelo
levantaime el jarapal
vereis el visal que tengo
San
antón como era viejo
dejó hecha información
que ningún cristiano nuevo
coma carne de lechón
Y si alguno la comiere
ha de sufrir grandes penas
no valiéndole la sangre
ni a toda su descendencia
Algunos cantares sobre judíos
El
Peropalo de hogaño
Le queremos pa quemalle
Que es un Judas que hacemos
Pa afrenta de su linaje
Linaje que al mismo dios
Le derramaron su sangre
Y en su rostro le esculpían
Pensando que era su imagen
En
el monumento están
pintados los judicuelos
con los gorros colorados
y por el culo metío un dedo
Y con otra mano están
amenazando al Cordero
hijo de mi padre, Cristo
y le crucifican luego.
De
Cuacos salieron diez
De Jaraíz salen veinte
Trescientos de Cabezuela
Con veinticinco de Jerte
Que dichoso es el Barrado
Que no tiene de esa gente
Garganta Arroyomolinos
Pa'l Piornal va al Creciente
No
hay calle ni callejita
Por chiquiita que sea
Que no viva cuatro o cinco
De los de mala ralea
Hallándome con pobreza
Pobre y con poco dinero
Yo me fui a recoger
Al portal de un zapatero
Como la cama era dura
No me descansan los huesos
Y a eso de la media noche
Entraron los judicuelos
Y oí de entrar en consulta
Sobre cierto casamiento
Eso ha de ser castigado
Hágase junta de buenos
El casar una judía
Con un buen cristiano nuevo.
El
domingo antes del Gordo
Antes de llegar la fiesta
Casaron una judía
Hicieron grandes promesas
Por
casar un matrimonio
Hubo grande desconcierto
El casar una judía
Con un buen cristiano nuevo
El
judío con judío
Y el cristiano con su igual
Que esta limpio y sin culpa
Sin pecado original
Judíos poneos a punto
Que viene la Inquisición
Que ha salido de Llerena
Porque el rey lo mandó.