DESCUBRIR EL GUIJO

 

Juan José Camisón

 

Descubrí Guijo de Granadilla en los años setenta, a finales, cuando mi mujer, Teresa, me trajo casi de la mano a este erial sofocante que fue lo que me pareció el pueblo la primera vez que lo pisé. Era verano insoportable, verano cacereño. Un verano que se me antojó entonces como lo más parecido a la antesala del purgatorio. El primer recuerdo que tengo es la dificultad que padecí para avanzar por la calle, yo que procedía del mundo montañoso y vegetal de la Sierra de Gata, debido al extremado calor que lo invadía todo, y cómo me iba refugiando en los mínimos resquicios de sombra que procuraban los dinteles de las puertas para lograr el objetivo de atravesar la plaza. Habría 50 grados, o a mí me lo parecía. Nunca me acostumbraría ni a aquellas temperaturas ni a aquel silencio bochornoso que se extendía por las calles como una mortaja deslumbradora e inquietante... El Guijo era un pueblo eminentemente llano, sofocante, de construcciones bajas, macizas y graníticas, habitado por seres obcecadamente canteados hacia el agro, que despreciaban las mínimas comodidades para de puertas adentro y que, sin embargo, me pareció entonces, hubieran dado su vida, si hubiese sido necesario, por defender una brizna de terreno o socorrer a una de sus reses heridas o extraviadas. Tierra, cuanta veas; casa, en cuantis quepas, escuché alguna vez. Con que haiga cabusía pa lo precisu, vali. Aunque lo preciso fuese casi franciscano... Todavía había lumbre de lancha, pan y cundíu, se sacaba el agua de gastar del pozo, se trillaba, se amasaba, se hacía queso, se esquilaba, se fregaban las lanchas de la puerta de casa con asperón y cepillo de raíces, se iba a la tahona a hacer los dulces, se conservaban las bebidas frescas metidas en un saco dentro del aljibe de casa, se utilizaba alacena de tela metálica, barril de barro para mantener el agua aceptablemente bebible, se ordeñaba la cabra para el consumo diario... No es que yo viniera de otra galaxia, pero he de confesar que el sitio de donde procedía y las ciudades donde ahora vivía ya habían superado hacía tiempo esa etapa que, por entonces, nos parecía a todos, me parecía por lo menos a mí, si no paleolítica, cuando menos medieval, vetusta e incómoda... Aunque debo reconocer, para ser justo, que, al modernizarse, esas ciudades con las que, por inercia, comparaba al Guijo,  habían traspasado con ello la barrera idílica de la convivencia, de la serenidad, de la tranquilidad y del sosiego y habían entrado bruscamente en esa otra dimensión tan distinta, llena de envidias y de competitividades que, desgraciadamente, supone dar el salto a una sociedad modernizada... Comparado con ellas, el Guijo, por el contrario, se apegaba aún a las tradiciones como las trepadoras a las paredes de mampuesto, como los saltarrostros a la tapia del patio, por alguna razón que yo no comprendía, sin duda... A pesar de ello, me instalé aquí con mi mujer, con mis bártulos y con mis quimeras. Y transcurrieron a mi vera los veranos tórridos y los inviernos inmisericordes con una mansedumbre insospechada... Y, lo que son las cosas, ese pueblo bochornoso y monótono pronto iba a demostrarme que ocultaba, dentro de su apego por el pasado, de su fuego veraniego y de sus vacíos inviernos, incuestionables razones para que me agarrara a su ruda piel como los lagartos a las peñas... Es verdad que tuve que escuchar muchos toques de campana y miles de ladridos de perros aburridos para que, al cabo de los años, acabara por descubrir entre sus gentes que ese ritmo de vida totalmente anacrónico era mucho más convincente que el paso marcial o las carreras que había en otros lugares. A lo mejor eran precisamente ese exceso de horas de sol y ese constante mirar al campo lo que había logrado que sus habitantes fueran más pausados y discretos que mis apasionados paisanos de la sierra. A lo mejor era la constante preocupación por el abastecimiento de agua lo que los volvía generosos, accesibles y humanos. Cuando una cosa cuesta, compartirla se convierte en algo más que un rito y se transforma en un acto de convivencia que crea lazos y lima asperezas. A lo mejor era la largueza de la tierra que estas gentes pisaban de continuo lo que los volvía desacelerados, campechanos y naturales. A lo mejor era su sobrio confort, ese no exigirle constantemente a la vida más de lo necesario, lo que los hacía serenos y pacíficos. A lo mejor era su cotidiana brega con las tareas improrrogables de los campos y ganados lo que los había moldeados como seres mucho más afables que a otras gentes... Fuera lo que fuese, muy pronto me vi atrapado entre aquellos invisibles tentáculos de naturales procederes y conductas sosegadas, aunque todavía no discerniese muy bien si los habitantes del lugar vivían casi en exclusividad para los rituales agropecuarios o era la tierra quien invadía de continuo sus organismos y existencias con las interminables obligaciones que los guijarreños debían proporcionarle diariamente para mantenerla productiva. Y es que, a parte del bucolismo intrínseco, aquí siempre había tareas. De mañana aún era posible ver pasar rebaños de vacas por la misma puerta de la casa o carros inmensos de paja tirados por dos bueyes o hatos de ovejas y de cabras que dejaban la acera de la calle llena de excrementos y de un sonido de esquilas casi beatífico o descomunales cargas de corcho de alcornoques apiladas mucho más arriba de los estaonchos de los carros y atadas inverosímilmente casi tan altas que rozaban, al pasar, los propios aleros de las casas... o grupos de mujeres con baños a la cabeza para lavar las tripas de las matanzas, hombres con la guaña a las espaldas y los deílis ajustados a las manos ya desde bien temprano, perros careas atronando descaradamente el mediodía, mozos con burros de labranza, señoras que volvían del huerto con el baño repleto de lechugas frescas, de higos sazonados, de brillantes rúbeos tomates, de enormes racimos de uva de color corinto... Todo siempre mezclado con cordiales saludos, agradables canturreos indescifrables o silbos esperanzados. Pura envidia de Rousseau y desazón rotunda de los existencialistas. Era, eso sí, como haber retrocedido medio siglo, pero con la cada vez más certera y acuciante duda de si el camino que yo había recorrido era el correcto o era realmente éste que ahora se presentaba ante mis ojos mucho más acertado y positivo... Me llegó a parecer todo tan idílico... Envuelto en aquella barahúnda de trajines, sonidos y exuberantes olores cotidianos, imaginaba haberme trasplantado a algún belén viviente oculto entre suaves oteros, cortinales amplios y dehesas de alcornoques... Las cabritas, las vacas, las ovejas, las mujeres lavando en el arroyo, los pastores volviendo con el queso, las viejas tocadas con sombreros de paja de ala ancha, con pañuelo negro atado a la cabeza, las rondas zambomba, guitarra y pandereta..., hasta el ángel rubio de pelo ensortijado pasaba diariamente por la puerta de mi casa montado en una vieja bicicleta...  Espejismo o alucinación, no me quedó más remedio que integrarme entre todos aquellos figurantes, primero a regañadientes y poco a poco cada vez más complacido y cómplice del rechazo de estas gentes por la vida moderna y ajetreada de otros sitios... Hasta que un buen día, sin que dejaran de resonar en mi cabeza los versos de Horacio, entre aquellas gentes se me fue olvidando el ritmo trepidante de las ciudades, su necesidad perentoria de ir deprisa para encontrar constantemente momentos de descanso, que inmediatamente uno se ve obligado a abandonar para volver a correr con el único objetivo de volver a tener tiempo para reposarse..., y no tardé mucho en preguntarme el sentido que tenía ese juego absurdo de otros sitios... Y he de confesar que, con el tiempo, llegué incluso a cuestionar si tenía que haber lugares configurados de manera distinta a la de éste. O nombres de personas que no fueran los clásicos sonoros que aquí escuchaba a diario por todas las esquinas: Hermelinda, Basilisa, Pergentina, Auria, Evelia, Ateneodoro, Teodora, Ovidio, Aniano, Orencio, Otilia, Anastasio, Gaudencio, Hortensia, Hipólita, Leoncio, Hipatia, Livia, Evaristo, Bibiana, Epifania, Eufemia, Eulalia, Pelayo, Eulogia, Zoila, Porfirio, Agapita, Gudelia... No habían forzado el santoral durante siglos y escuchar esos nombres hoy era un placer para el oído... ¡Directamente desde los antiguos caperenses hasta la actualidad! Hasta en eso habían sido pausados y exquisitos. Puestos a comparar, a mí acababan por convencerme mucho más las maneras de los habitantes de Guijo de Granadilla, su ritmo acompasado, su desdén por el negocio, por la prosperidad, por el avance tecnológico, por el éxito efímero, siempre perecedero, y por todo lo que fuese desorbitar lo cotidiano. Conceptos de bienestar éstos que, en suma, son hoy, entre grupos sociales muy avanzados, los más buscados, y que los guijarreños tenían perfectamente asimilado desde hacía mucho tiempo sin ellos, creo yo bien, haberse incluso percatado... A mí me parecía que alguien por ellos, había decidido que si el progreso significaba corrupción o perturbación o desequilibrio, ellos no estaban dispuestos a acompañarlo. Y estaban en lo cierto. Y yo acabé darles la razón a medida que me fui acostumbrando a su molicie bienaventurada... Así, me acostumbré pronto a ese paso sosegado, a sus resoluciones despaciosas, a su desacelerada preocupación por el futuro... Tanto que casi siempre he sido feliz durante los periodos de tiempo que entre sus gentes he vivido. De ellos aprendí a enfocar los asuntos, si no mejor, al menos desde otra óptica mucho más acorde con el ritmo natural del avance de las horas, los días, las semanas, los meses y los años... Aprendí a decidir no más deprisa que el trote de un caballo, el ritmo del chorro de una fuente, el encendido de las estrellas, el sonsonete de los grillos, la velocidad con que ciernen los olivos, y ello me enseñó a formar parte del auténtico planeta en el que vivo mucho mejor de lo que lo hacía antes.

Hoy, a pesar del imparable proceso de globalización que el mundo entero experimenta, y por encima de las mejoras sociales, urbanísticas, sanitarias y económicas, más allá de las nuevas tecnologías, de los modernos conceptos educativos y de los constantemente renovados ─y a veces enfrentados─ procesos y compromisos políticos, Guijo de Granadilla  me sigue pareciendo un reducto de paz y de bienestar, un pueblo sano, un grupo coherente de personas que aún no ha perdido el norte en esta desaforada búsqueda de la felicidad a cualquier precio, a la mayor velocidad y al menor esfuerzo posible que pueda conseguirse en que perviven la mayoría de las comunidades humanas del así llamado estatus superior del mundo que progresa. Quizás precisamente porque aquí no han llegado –y ojalá que así siga siendo durante muchos lustros– ni las grandes superficies, ni las autopistas, ni los decibelios insoportables, ni las enfermedades psicológicas, ni la competitividad desaforada e impúdica, ni el periodismo desvergonzado, ni los camuflajes de las imperfecciones humanas a través de la casi obligatoria consecución de la belleza constante para olvidar la muerte, ni la necesidad perentoria de sobresalir constantemente por encima de los otros para sentirse vivo o la perpetua autoafirmación para demostrarse a uno mismo que se es y que se está, ni esa falaz idea –tan bien vendida hoy por los manipuladores de conciencias– de que, en este mundo, sólo hay que cultivar el aspecto lúdico y divertido de la vida sin responsabilidades... o porque aún no han arraigado con saña, como en otros sitios, ni las estafas descaradas, ni la competitividad sangrante, ni la pobreza absoluta, ni las humillaciones vergonzantes, ni las ataduras indestructibles, ni las supeditaciones imprescindibles, ni la polución, ni la explotación, ni la sinrazón, ni la comida basura, ni el victimismo abrumador y constante de los necios y de los aprovechados que explotan a los mansos, ni el falso paternalismo del estado, ni las mentiras políticas, ni las mafias, ni todos esos  -ismos, -algias, -eas, -ías y -ones que hoy, en definitiva, constituyen la esencia de la vida que hemos elegido vivir en los sitios de progreso... Si es que vivir es eso.

Y no es que, declarándome partidario de este lugarejo, yo esté dispuesto a renunciar a la adrenalina que procura la vorágine del hiperconocimiento, del consumismo y de la prisa o al arrebato emocional que produce el descubrir constantemente nuevas y sorprendentes emociones. Pero es que, a la larga, tanto vértigo atosiga y te deja extenuado. Tanta velocidad de gigabytes obliga a reflexionar sobre si no sería conveniente descansar un rato para curar los dañados circuitos de un cerebro tan megarrevolucionado.

Hay un momento en la vida en que es necesario plantearse si compensa ver pasar el mundo delante de tus ojos y sólo acariciarlo o dejarse devorar por el engranaje que conlleva montarse en su tremenda maquinaria arrolladora... No voy a repetir, como los hippies del los 70: que se pare el mundo que quiero bajarme..., todo tiene su punto de excitación y de felicidad, también incluso el reto de la velocidad al ritmo que nos marquen y el dejarse embaucar con felicidades perecederas... Pero si tengo que elegir un sitio en el que encontrarme de nuevo conmigo mismo sin sentirme constantemente manipulado, un lugar en el que poder mirarles a los seres humanos a los ojos todavía sin miedo a ser herido, una tierra serena que me ofrezca bajo mis pies seguridad, unas puestas de sol absolutamente incontaminadas, una copa de vino generoso, un solar primigenio, unas auroras vírgenes, una palabra rotundamente cierta, yo, con seguridad, y tras pensarlo seriamente, me sigo quedando con el Guijo.

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