HIJOS DE SANGRE es una novela que narra la peripecia social de una familia extremeña, a lo largo de más de cien años y durante seis generaciones (desde la época de Alfonso XIII hasta nuestros días), y en la que asistimos a la denodada lucha de todos sus miembros por sobrevivir a las penurias económicas de cada época, acrecentar su patrimonio y procurarles a sus hijos unas condiciones de vida mucho más desahogadas y dignas que las que, en un principio, todos ellos vivieron. 

             HIJOS DE SANGRE es una historia viva, llena de amor, de dolor, de emoción, de desesperación, de intensidad y de coraje, en la que el destino jugará un decisivo papel en el cruel itinerario de esta familia extremeña empeñada en ganarle la partida a la vida, al deshonor, a la malaventura y a la muerte.  

             HIJOS DE SANGRE está escrita en castellano y en extremeño, principalmente, pero es también un viaje lingüístico a lo largo de los más de cien años en los que se desarrolla la trama argumental de esta historia. Preocupado especialmente por los matices de la lengua en toda circunstancia, el autor ha procurado hacer hablar a todos los personajes que en ella se mueven, en los diferentes estilos del castellano y sus modificaciones (incluso dialectales) a lo largo de los periodos en que se desarrolla la trama argumental, para hacer más verosímiles sus increíbles actuaciones. Así, aparecerán en la novela: español culto, español de la calle, español eclesiástico, español universitario, español iberoamericano, argot carcelario, argot macarra, spanglish, argot cacereño actual, lenguaje de móvil, castellano modificado por el francés que traen los emigrantes, y también, por exigencias del argumento, latín, inglés y francés…, cada uno de todos estos toques lingüísticos colocado en su época y momento socio-histórico correspondiente. 

               HIJOS DE SANGRE es, en esencia, el doloroso itinerario familiar de unos seres (como tío Maximino, José Bonifacio, Chon la Renga, José Hilario, La Vítura la Negra, Purificación, la Nati y la Violeta, la Teófila y José Pedro el Corto, El Maky, Manolo, Doña Monty, Susy, Transi y Tinti, Menchita, el Aquilino…) que, una vez conocidos, ya nunca se nos borrarán de la memoria.

               HIJOS DE SANGRE, desgarrador y tierno, violento y sensual... 

               HIJOS DE SANGRE, cien años de intensas vidas, cien años de desoladoras muertes.

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MPRESIONES DE UNA LECTURA EN CURSO:

HIJOS DE SANGRE, de JUAN KAM (Amazon 2019)

Emilia OLIVA, España

(Publicado en la Revista Literaria: EN SENTIDO FIGURADO, diciembre 2019)

Hay novelas que pasan de largo, que apenas si dejan un reguero del que asirse, caen en el olvido y, acaso, ni poso dejan. Hijos de Sangre, no es de esas historias. Es una novela que hurga en tantos meollos que ha venido para quedarse, como se nos quedaron Cien años de soledad, Makbara, La familia de Pascual Duarte, Luces de Bohemia, La Regenta, El Quijote, Gargantua y Pantangruel, Cinco horas con Mario, La saga fuga de JB, Reivindicación del conde don Julián, Tres tristes tigres, y tantas otras. Habíamos disfrutado de la maestría como narrador de relato corto de Juan Kam. Del poeta Juan Kam nos quedó la duda de que la poesía fuera su ámbito. El novelista se ha crecido en las páginas de Hijos de Sangre que se revela como crisol de vida vivida y literatura, como nuevo Quijote, pluma en ristre, dispuesto a deshacer entuertos.

Hijos de Sangre se abre como un eco del inicio de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Una historia que arranca desvelando el final y cuyo inicio funciona como un núcleo de fisión del que emergen todos los elementos narrativos. Novela que eclosiona desde ese núcleo y se nos ofrece como big bang resuelto en big crunch. Entre ambos, la maraña ensortijada del círculo vicioso de la vida de los personajes, sometida a las leyes imponderables del destino y las cambiantes de la comunidad… El dibujo de la portada realizado por el artista Hilario Bravo desvela ya el tabú como eje de la novela. No quedará títere con cabeza. Las ideas del común serán pasadas por el fino filtro de un narrador que olisquea por todas partes como perro sabueso.

Esperpéntica, divertida, tierna, imaginativa, desgarrada, incorrecta es, ante todo, una novela de palabras, de lenguajes, de citas, de referencias literarias que crean o recrean el microcosmos de una familia extremeña al hilo de la Historia, o en sus márgenes, a lo largo de 100 años, desde Alfonso XIII hasta nuestros días.

La lucha titánica del personaje principal contra la desaparición de su estirpe y la destrucción de lo amasado con sudor y lágrimas constituye el eje sobre el que se engarzan las contradicciones, las decisiones, los remordimientos, las venganzas, los intereses que hacen de esta novela un espejo esférico, una imagen bárbara de la condición humana.

El narrador –quizá la figura más compleja de la novela- integra una gran variedad de lenguajes en un palimpsesto oral que recoge múltiples registros. A veces, parece uno con los personajes o presta a los personajes la profundidad del intertexto, se erige en paladín de lo políticamente incorrecto, desbroza los tabúes o proyecta una mirada que interpela permanentemente al lector, metiéndolo en la historia por la vía de los “ya te digo” o “así que ya me dirás tú” “¿No le parece a usted?” que equivalen al “¿Qué te paeci a ti?” de los personajes. Estratagema que mete a narrador, personajes y lector en el mismo plano y suspende toda autoridad moral para establecer juicios de valor. 601 páginas que narran los 101 años de un personaje y su progenie, y cuyo narrador nos pone como telón de fondo la breve historia de España del último siglo.

La riqueza lingüística de la novela para dar cuerpo a los personajes es heredera de grandes obras de la literatura universal. Así recurre a la recreación de dialectos regionales como Rabelais en Gargantua y Pantagruel; recrea el habla de la Sierra de Gata, el castellano distorsionado por los emigrantes, la jerga eclesiástica o el lenguaje culto… La estrategia de utilizar el refranero, como el utilizado por Cervantes en el Quijote, se transmuta en Hijos de Sangre en un compendio de lugares comunes muy en la línea de Flaubert. “Parece que ocurrió todo de repente y sin escapatoria. Mejor que ni se diese cuenta del trance, que ya quisieran muchos una muerte tan buena para cuando les llegase, que eso lo firmaba cualquiera que tuviese dos dedos de frente o buenas entendederas. Así, sin anestesia, plisplás y directamente a criar malvas...”; “ya que viajar, según ella, era otra manera de adquirir cultura y de la buena, pues se compartían saberes y conceptos y se abría la mente y el corazón y se llenaba el cerebro de conocimiento. Y una regresaba a casa con la cabeza mucho mejor amueblada, menos pueblerina e infinitamente más generosa para todo...”

El ritmo de las frases, la complejidad de las estructuras, el entrelazado de símiles, metáforas, comparaciones y figuras literarias nos ponen ante una novela de exquisito registro que, si bien nos obliga a una lectura arrastrada por la intriga de lo que sucede a los personajes, nos conduce a una relectura sosegada, recreándonos en el dardo certero o la plasticidad de lo evocado: “una noche de diciembre, fría como un cuerno”, referido a quien ha de sobrellevar la cornamenta consentida; “con el alba ya bien entrada en los zaguanes”; “cuando los hombres introdujeron el ataúd dentro del nicho y chirrió la base contra la gravilla, al empujarlo, sintió como si con un trillo de afilados guijarros incrustados en las bajeras del mismo, le rajaran a él el pecho”; “hasta que se le aceleró el pulso como una máquina de coser echando pespuntes a una sábana”.

El microcosmos de los personajes refleja, distorsionado, lo que la vida de un hombre contiene: recuerdos, proyectos, ideas, tabúes, deseos, atropellos, remordimientos. Y no es otro que el macrocosmos del último siglo en un pueblecito de una provincia de una región que se abre al mundo. Novela de la tierra, de la región, de lo propio que dinamita el espejismo de la identidad regional, fraguada sobre una cierta especificidad lingüística, o la identidad que se basa en la pureza de la estirpe permanentemente puesta en entredicho.

 

Políticamente incorrecta, bienvenida sea

 

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