MANIFIESTO SOBRE EL EXTREMEÑO
Debo comenzar esta disertación manifestando mi felicitación al Ayuntamiento de Calzadilla por la iniciativa tomada al convocar el I Congreso sobre el Extremeño, pues me parece de suma urgencia que las personas que estamos interesados en este tema, de una vez por todas, tomemos decisiones impostergables sobre qué hacer con esta lengua que fue el sistema de comunicación de nuestros antepasados y que se nos está escapando de las manos a marchas forzadas, sin que nadie haga nada para atajarlo.
Actualmente, quedan, si acaso, una generación de hablantes que lo practiquen y, posiblemente, dos generaciones de personas capaces de comprenderlo. No sería, pues, muy arriesgado decir que al Extremeño, como idioma vivo, como sistema de intercomunicación, le faltan no más de veinte años para su completa desaparición. Pasado este tiempo, será ya recuerdo, historia y sólo quedarán de él los pocos libros que hayamos sido capaces de escribir en esa lengua, como piezas de incalculable valor filológico y sociológico. En definitiva: un material para estudiosos y posibles objetivos de tesis doctorales. En resumidas cuentas, reserva especial para filólogos, cuando no material de bibliófilos y relleno de anaqueles y baldas de biblioteca.
Hoy, con este Congreso, nos tocará a todos decidir qué se va a hacer con el Extremeño residual que aún poseemos, qué determinación habrá que tomar de aquí hasta su extinción definitiva con este medio de comunicación que, durante siglos, fue válido en todos los pueblos de nuestra geografía como única moneda de intercambio para relacionarse entre sí generaciones y generaciones de hablantes, desde nuestros antepasados más lejanos hasta nuestros propios padres.
Es cierto que los mass-media y los prejuicios de haberlo asimilado a conceptos de pobreza, atraso cultural y cazurrería, han arrinconado al Extremeño en el borde del precipicio desde donde se defenestra a los débiles, en esa moderna Roca Tarpeya desde donde se les obliga a saltar a las lenguas no competitivas en los foros internacionales y en las transacciones económicas de alto nivel. Y no podemos negar que se trata de una lengua agonizante, como tantos otros dialectos y lenguas minoritarias.
Imaginar ahora cuál será su futuro no me resulta excesivamente difícil. Pero me parece un disparate histórico del que las generaciones futuras de seguro nos pedirán cuentas, quedarnos de brazos cruzados viendo cómo a este modo de hablar tan peculiar de Extremadura lo engulle y lo aniquila esta sociedad, que pretende hacernos a todos iguales desde raseros cuestionables, imponiéndonos los dudosos modelos americanos de moral, estética, hábitos culinarios y lengua.
Y no me manifiesto aquí con la melancolía de quien sufre desgarradoramente por la pérdida de algo que pudo llegar a ser y nunca fue. No, porque, como filólogo, soy consciente de que, en los tiempos que corren, las lenguas minoritarias no tienen futuro. Pero, desde la misma filología también, siento que ese tesoro lingüístico, esa variante fonológica única, desaparezca sin remedio, ya que cuando esto haya ocurrido, los extremeños seremos, indudablemente, mucho más pobres, mucho más huérfanos. Cada vez que se muere una lengua, se cierra una ventana y el mundo es un lugar más oscuro.
Aún recuerdo cómo, siendo yo estudiante en la Universidad de Salamanca, mi profesor de Literatura Medieval Francesa nos contaba cómo lloró el día en que se encontró con un colega suyo en Madrid, lamentándose ambos de que, cuando murieran, se habría perdido una riqueza inigualable, pues eran los dos únicos hablantes de dalmático que quedaban sobre la tierra. Ya han muerto. Ya no existe el dalmático. De igual manera, alguien también dirá lo mismo un día no muy lejano de nuestra lengua extremeña.
Pero sería muy triste que, por esa desidia o pereza, o falta de iniciativa que nos ha caracterizado siempre a los extremeños, tuviésemos que, además de conocer un momento tan amargo, arrepentirnos demasiado tarde de lo que, cuando hubo remedio, pudimos haber hecho y no hicimos. Y sé, sin embargo, que de las 6.800 lenguas que se hablan actualmente en el mundo, este dialecto nuestro es una menudencia, una marabaja como dicen los viejos de nuestros pueblos, únicos practicantes de la oralidad del Extremeño. Pero quizás por eso mismo, porque conozco la velocidad a la que están desapareciendo del planeta muchas de sus lenguas (se calcula que para el 2.100 habrán desaparecido más de la mitad) deberíamos hacer lo imposible para que quedase memoria (escrita, audio-oral, audiovisual, gestual...) de este lenguaje que en su día fue seña de identidad de un grupo numeroso de hablantes.
Y no pretendo reivindicarlo aquí desde partidismos patrioteros, sino desde los preceptos más altruistas de la conservación de especies en peligro de extinción. Tenemos la obligación para con las generaciones venideras de trasmitirles este bagaje cultural que fue, lo quieran algunos o no, la base del pensamiento de nuestros antepasados y, por lo tanto, el origen de parte de la idiosincrasia del pueblo Extremeño. Muchos de los logros que ahora nosotros disfrutamos y que en el futuro nuestros nietos también verán (sistemas de comercio, urbanismo, arte, ritos, costumbres, guías de comportamiento, desarrollo agrícola y ganadero, etc) se fraguaron, se gestaron, fueron pensados, pergeñados, discutidos y pactados utilizando el único sistema de comunicación que conocían: el Extremeño. Darle la espalda hoy, sería darnos la espalda a nosotros mismos. Y, aunque se me antoja una utopía pensar que el Extremeño pueda implantarse de nuevo como sistema de comunicación en la sociedad actual (es para ello demasiado tarde, las jóvenes generaciones lo desconocen casi por completo, hay otros idiomas más rentables en los que invertir el esfuerzo de aprender una nueva lengua, tendría poca repercusión comunicativa vista la facilidad con que esta función la desarrolla el castellano -o el inglés-...), sin embargo, y aunque sólo fuese como una labor de arqueología más que como un empeño lingüístico real, habría valido la pena haberse reunido en este I Congreso sobre el Extremeño y dar el primer paso para tomar las medidas oportunas (en el sentido de decidir de qué manera deberían irse recogiendo las piezas de ese templo fonético y morfológico ya casi destruido) antes de que esta lengua desaparezca de nuestros oídos y de delante de nuestros ojos definitivamente.
Si se esfuerzan las Instituciones Extremeñas por conservar para la posteridad una iglesia visigótica, un acueducto romano, un tipo de artesanía popular, unos cantos de siega o de lavadero, una flora y fauna autóctona, unas manifestaciones folclóricas singulares, una determinada arquitectura peculiar en cualquier rincón de Extremadura, y para todo ello se están creando museos, centros de interpretación, casas de cultura, se editan libros, fascículos, enciclopedias, se abren nuevas rutas alternativas, etc, etc, con mucha más razón habría que ponerse urgentemente a rescatar, antes de que sea demasiado tarde, el vehículo de comunicación que hizo posible que todo lo anteriormente citado no sólo se produjera antaño, sino que nos haya sido transmitido hasta la actualidad y ahora lo podamos disfrutar nosotros.
No estamos solos en este empeño. Ni somos los únicos que luchamos por lenguas a punto de desaparecer. Un proyecto internacional llamado Rossetta recoge todas las manifestaciones de las lenguas en peligro de extinción. Muchos de los que seguimos de cerca la evolución del Extremeño, ya estamos en contacto con dicho proyecto y en colaboración con sus miembros. Sin embargo, cuando la iniciativa viene de dentro de casa parece que nos da más fuerza y nos produce satisfacción y gusto. Gracias por convocar este I Congreso sobre el Extremeño y ojalá que no sea el último.
Juan José Camisón
Calzadilla, Octubre de 2002