1. Prólogo
MARABAJAS es un vocablo que escuché por primera vez
en Guijo de Granadilla, pueblo cacereño donde vivió y murió el poeta Gabriel
y Galán. Enseguida se grabó en mi memoria por su especial sonoridad, y en ella
se me quedó balilando como un extraño sortilegio. Luego lo he escuchado más
veces por el Valle del Alagón y del Ambroz, por Tierras de Granadilla y por
otras regiones del norte de Cáceres. Siempre con el mismno significado: cosas
sin importancia, pequeñeces, naderías... Me pregunté de dónde provendría...
En un principio hice averiguaciones en lengua árabe, pues todo parecía indicar
que era en este idioma donde enraizaba sus orígenes, pero mis pesquisas no
obtuvieron éxito. Nada que ver con el árabe. ¿Sería simplemente: mar-a-bajas, y, por lo tanto, un vocablo traído, desde sitios
costeros hasta estos rincones de Cáceres, en las repoblaciones llevadas a cabo
durante la Reconquista? Nada de extraño tendría que así fuese, pues casi
todos los canteros y picapedreros que antaño trabajaron en la Alta Extremadura
provenían de Galicia... De aquella región, con sabor a mar, también nos
dejaron en su pacífica conquista algunos vocablos, dejes, refranes, oficios y
sonoros apellidos... Fuera como fuese, la voz se presentaba cada vez con más
exotismo y misterio; de ahí que, a medida que buceaba en su posible origen,
MARABAJAS se fuese adueñando más de mis pensamientos: bagatelas,
minucias, fruslerías, menudencias... De modo que MARABAJAS me pareció,
definitivamente, un buen título para este libro sentido, pensado y escrito en
extremeño, ya que, de alguna manera, venía a significar también ese pequeño
reducto dialectal que aún queda de esta lengua que, por desgracia, esta
desapareciendo a pasos agigantados. Recrearla de nuevo, insuflarle un poco de
vida, ahora que estaba a punto de fenecer. ¿Qué otra cosa se podía hacer por
ella, excepto lamentar la riqueza lingüística que se perderá cuando haya
desaparecido por completo? Sé que, de las 6.800 lenguas que se hablan en el
mundo, este dialecto nuestro es una menudencia, una marabaja, pero quizás por eso mismo, porque conozco la velociad a
la que están desapareciendo del planeta muchas de sus lenguas (se calcula que
para el 2.100 habrán desaparecido más de la mitad) he querido colaborar, junto
a los extremeños que me precedieron en su uso, a que al menos, ya que está
condenada irremisiblemente a la extinción, quede memoria escrita de este
lenguaje extremeño que en su día fue seña de identidad de un grupo mumeroso
de hablantes.
Soy
consciente de que este conjunto de poemas tal vez sea uno de los últimos
suspiros en lengua extremeña. No considero, sin embargo, como a muchos les
pudiese parecer en un principio, un anacronismo o un rasgo descabellado haber
escrito este texto dialectal en los albores del siglo XXI. No, porque, de
hacerlo, equivaldría a decir que todos los que hablamos o comprendemos extremeño
estariamos descabalgados de época. Y no es así. No seré yo quien se avergüence,
como muchos, de poseer una lengua propia ni quien la asimile, como han hecho
otros, a cazurrerías y a atrasos culturales. No es el idioma quien desencadena
el atraso cultural y la pobreza. El inglés fue vituperado durante siglos y
considerado exclusivamente habla de rústicos (toda la corte, la nobleza y
cualquiera que se preciase hablaba francés) y hoy sin embargo ese idioma lo
habla medio mundo. Pero de igual manera, tampoco el inglés ha redimido de la
pobreza a la India, a Bangla Desh o a Nigeria. La forma de hablar de un pueblo
es mucho más que eso, es su seña de identidad primordial, sea ésta tan
melodiosa como el italiano o tan brutal como el vascuence. Por eso resonarán
por siempre en mis oídos con deleite las primeras palabras que escuché de los
labios de mi madre, dichas en extremeño. Esta lengua de cantos, áspera y dura
a veces, pero también tierna y tranquilizadora, cálida y firme, está, por
fortuna, dentro de mí con igual fuerza que el castellano, porque me la
transmitieron con toda su expresividad y validez mis padres y mis abuelos desde
mi niñez, y en ella me expresé hasta que los maestros y profesores de
Salamanca me corrigieron lo que ellos llamaban defectos fonológicos... Pero
pervive dentro de mí a pesar de todo y soy capaz aún de reproducirla con la
esperanza de que queden aún personas que la entiendan. Ya sé que será por
poco tiempo. Ya sé que está tocada de muerte, y que cuando fenezca
definitivamente habrá ocurrido una pequeña catástrofe apenas perceptible por
el resto del universo, pero con toda seguridad se cerrará una ventana y el
mundo será un lugar un poco más oscuro... Pertenecer a la última generacióin
capacitada para escribir en extremeño o comprenderlo conlleva una
responsabilidad casi agobiante, porque lo único que ya se puede hacer por estas
lenguas minoritarias a punto de expirar es recopilar y conservar como tesoros,
casi con la labor de arqueólogos singulares, todos los documentos sonoros y
escritos que desde ahora hasta su agotamiento definitivo
podamos preservar.
De todas formas, aunque la situación del extremeño sea especialmente
desesperanzada, MARABAJAS no lo es. Muy al contrario, salvo escasísimas
excepciones, hay en él una concepción vitalista de todas las situaciones por
las que divaga. Con indudable influencia de la literatura medieval francesa,
sobre todo de la Littérature à rire,
e indudablemente de los Fabliaux y
del Roman de la Rose y de la
concepción vitalista de la existencia que hubo en la Francia de los siglos XII
y XIII, temas que he explicado durante
años en la Universidad de Extremadura, los personajes que hablan en MARABAJAS
lo hacen con esperanza, con seguridad, con confianza, con ternura, pero también
con sorna, con desparpajo, con crudeza y hasta con atrevimiento y descaro a
veces, primordialmente en la penúltima parte, convirtiéndose el apartado en
una especie de recopilación de pensamientos epigramáticos, sacados unas veces
del folklore extremeño, otras de mis recuerdos y otras de actuales momentos
ocurrentes de gentes que, afortunadamente, siguen hablando aún en extremeño.
MARABAJAS hay que entenrlo, pues,
como una miscelánea de asuntos extremeños, un retablillo costumbrista de
olivareros y serranas, de agazapados filósofos tras la reja de su casa, de
avisados tunantes, mozuelas y fiestas coloristas, de rudos campesinos y mujeres
de campo de verbo crudo, explícito y sin reparos, de señoritos de ciudad y de
estrategias arriesgadas para seguir viviendo, de enamorados y enamoradas, de
flor de naranjo, presta y albahaca, y también de esa palabra crujiente, rugosa
y susurrante que, venturosamente, aún resuena en los campos y en los pueblos
como los ecos armoniosos de la felicidad cada vez más dificil de encontrar en
la ciudad veloz, apática, suspicaz y rechinante que entre todos vamos creando día a día.
El libro está dividido en
cinco partes:
MARABAJAS,
TRES
OCENAS ‘E SONETUS
VILLANCICUS
Y ROGATIVAS,
DANDULI
PALIQUI AL PICU y
UNA
DE JOQUI
La ortografía utilizada en esta recopilación sigue casi siempre las líneas
ya marcadas por anteriores escritores en extremeño, además de mantener las eses
como tales. Y aunque alguna que otra vez las he visto, es cierto,
sustituidas por jotas o por haches (esuj
pajarinuj chiquininuj; esuh pajarinuh chiquininuh) yo, sin embargo, he
preferido mantener la grafía tradicional: esus
pajarinus chiquininus, en aras a una mejor interpretación del texto
escrito. Ya sabe de sobra el lector avezado en este dialecto que no se
pronuncian las eses de los plurales y
que, en lugar de ello, se sustituyen por aspiraciones. A veces, incluso, pueden
llamar la atención, para un hablante de una zona donde no se practiquen,
ciertos usos lingüísticos particularmente duros o aberrantes, como por ejemplo
la casi constante metátesis de la ele por la erre y de la erre
por la ele (pratu, brancu, frol,
en lugar de platu, blancu y flor o blochazu,
bicholnu, pol vel en lugar de brochazu,
bichornu y por ver) o la utilizacón de la A con valor protético (arrecogel,
arrebujal, ajocical), por lo que esta recopilación se verá atiborrada de
estas singularidades, que no son en absoluto exageraciones caprichosas, sino
modismos idiomáticos de la zona. Ello es debido a que, siendo mis orígenes
serragatinos y estando la Sierra de Gata muy influída por el portugués (hay
quien dice que es un rasgo leonés), este uso se ve generalizado en casi todos
los hablantes de esta zona, y yo no hago sino reproducir su forma de expresarse.
He procurado, sin embargo, ser coherente en ciertas voces, tales como: tol
mundu, san íu, man dichu, y escribirlas de manera que, a traveés de su
morfología, se dedujese claramente su sintaxis: to’l
mundu, s’han íu, m’han dichu, de modo que, sirviéndonos de los apóstrofos,
se pudiesen intuir mejor las contracciones. No puedo, de igual manera, dejar de
comentar que, al no poseer el extremeño reglas de morfología o de sintaxis,
por ser poco frecuentes los textos en este dialecto, tiende indefectiblemente al
polimorfismo, produciendo en muchos de los casos variantes del mismo vocablo. Así,
por ejemplo: hacel, jacel, jadel por
hacer, o decil, dicil, icil, jidil por
decir. En cuanto a la acentuación, he seguido las reglas del castellano en
todos los casos, con la salvedad de que cuando el extremeño, por evolución fonética,
perdía des y tes intervocálicas y producía diptongos, triptongos e hiatos
inexistentes en castellano anteriormente, éstos han seguido la regla general de
la Real Academia Española. Añadir que, debido a utilización de recursos métricos,
ha sido necesario usar a veces diéresis sobre ciertas vocales para obtener una
sílaba más en un determinado verso. Puede que, además, el lector se vea
sorprendido por ciertos modismos que no le resulten muy conocidos. Todo depende
de la zona de donde haya recogido tal o cual vocablo. En todo caso se trataría
de incidentes morfológicos muy aislados, que. además, quedan resueltos por el
apéndice lexicológico del final. A parte de estos tecnicismos, el resto de la
lingüística empleada en este librito está dentro de los senderos normales ya
utilizados en anteriores textos extremeños.