YO, TUTANKAMÓN
Juan José Camisón
De mí no se conoce casi nada… La historia y el tiempo se han cebado con mi persona de una manera inmisericorde… O más bien, mis sucesores… He sido borrado de toda la iconografía egipcia, tachado de las listas de príncipes y reyes, ha sido usurpada toda mi estatuaria con grafitis de faraones posteriores, saqueados mis templos, desmantelados mis altares, destruidas todas mis huellas a propósito para que no quedara de mi existencia ningún dato biográfico que aseverase que he existido… Y, por si fuera poco, murieron mis dos hijos prematuramente… Ni siquiera ellos pudieron testimoniar que un día pasé por este mundo…
Sin embargo, fui, estuve y habité las orillas del Nilo en un lejano periodo de la historia de la humanidad. Yo sí estoy seguro.
Éste es el relato del corto periodo que viví en la tierra:
Nací en el año séptimo del reinado de Akhenatón[1], en Akhetatón[2], Egipto. Mis padres, el faraón Amenofis IV[3] y la reina Kiya, me pusieron por nombre Tut-anj-atón, que significa: imagen viva de Atón. Ocurrió en un periodo muy intenso de su vida. Él estaba obsesionado con la idea de un solo creador de todo el universo, y había suprimido todos los ritos religiosos anteriores en honor de Amón y de las demás divinidades egipcias, dejando el panteón de dioses completamente vacío. A ese nuevo dios que supuso para él el principio divino más refulgente y creador de todo el universo, lo llamó Atón, y así quiso que me llamara yo también, su único descendiente varón, para expresarle su gratitud y admiración y para más gloria de su divinidad...
Es cierto que el faraón Akhenatón había tenido otros descendientes con otras esposas, que no eran mi madre, pero todas fueron niñas: con la reina Nefertiti tuvo a mis hermanastras Meritatón, Meketatón, Anjeseenpatón, Neferneferuatón, Neferneferura y Setepenra. Con su propia hija Anjesenpaatón tuvo a Anjesenpaatón-Tasherit, y con su otra hija Meritatón tuvo a Meritatón-Tasherit… Pero hasta que no engendró en mi madre no logró tener el hijo tan deseado que tanto había buscado.
Me contaron que mi madre, la reina Kiya, no lo tuvo nada fácil hasta conseguir que el rey Akhenatón[4] se fijara en ella… No era egipcia como Nefertiti, sino que procedía del reino de Mitani y había llegado hasta la corte del faraón, enviada por su propio padre, mi abuelo el rey Tushratta, para afianzar la amistad existente entre ambos territorios desde los tiempos de Amenhotep III. Pero a pesar de ser una princesa[5], a menudo fue considerada por mi padre como la segunda esposa. Y antes de parirme, ni siquiera eso, sino que pasaba casi desapercibida entre sus muchas concubinas… Quienes la conocieron me la describían siempre como una mujer serena y muy hermosa, aunque mucho menos joven que Nefertifi. Poco amiga de exteriorizaciones extravagantes ni de participar en acontecimientos públicos, parece ser que vivía una existencia más que sosegada, en sus quehaceres ocupada, sin otras aspiraciones que las de ser aceptada como lo que era dentro de la corte, y, si no recluida en el palacio, cuando menos dedicada a su cuidado personal y a sus asuntos particulares y privados… Las únicas excepciones las hacía para acudir, una vez por semana, al templo de Atón, del que ostentaba el título de Gran Sacerdotisa Real.
Ni que decir tiene que, durante mi embarazo, se negó a salir a la calle y vivió los nueve meses obsesionada con poderle dar al faraón ese hijo que tanto codiciaba. Temerosa de que alguna de las favoritas de Akhenatón pudiera malograrle el fruto de sus entrañas, vivió obsesionada con un aborto provocado todo el tiempo y se puso desde el principio en las manos de la diosa Tueris para lograr un final alumbramiento, sin sobresaltos. No se desprendía en ningún momento del lazo sa que llevaba al cuello y no hubo noche que no rezara al enano Bes para que le concediera un hijo varón y para que la protegiera contra las malformaciones.
Hasta que finalmente nací yo, en una noche cálida del Primero Ajet[6].
Sé, porque me lo han repetido cientos de veces, que mi madre se trasladó al pabellón del parto, en medio del jardín, y que pasó allí toda la noche llorando desconsoladamente, por miedo a parir otra niña, pero, contra la mañana, dicen que Isis, Hathor y Neftis se le aparecieron y bailaron a su alrededor durante largo tiempo, calmándola y confirmándole el nacimiento de un varón.
Me tuvo al alba, agarrada a una de las columnas de papiro… Y nada más nacer, las comadronas me hicieron probar un trozo de la placenta, mojada en leche. Y no la vomité, signo inequívoco de que sobreviviría…
Aquel mismo día, mi padre la nombró hemet mereryt aat[7] y Favorita Real, título que no gustó nada a la reina Nefertiti, que acabó por abandonar la corte y trasladarse a la casa de su padre en Ajmin, al cabo de pocas semanas, muerta de celos, con el trastorno que todo aquel movimiento de alcobas, doncellas, carruajes, ropas, enanos y baúles, supuso para la reorganización de la corte en el palacio, hasta que mi madre fue ocupando los espacios que ella dejaba libre, tras de sí, al marcharse..
Pero, por desgracia, mi buena madre sobrevivió a mi nacimiento y a la partida de Nefertiti muy poco tiempo… Ya mayor como era, quedó malparada del parto, con constantes fiebres e infecciones y murió, para desolación de todos, al año, en una noche fría de la estación de Peret[8], lentamente, como se retiran las aguas del Nilo tras la gran inundación.
Y fue mi hermana Meritatón la que se encargó de mi crianza. Y aunque la ayudaban constantemente mis otras hermanas mayores, para mí será siempre ella mi segunda madre, pues era entre sus brazos donde yo me dormía cada noche y donde encontraba la paz y ese cariño que, de no ser por ella, hubiera echado en falta inmensamente... Ella me enseñó a escuchar el sonido de las estrellas en medio de la noche, cuando la luna se hunde detrás de los suaves oteros de las dunas; a temer a las procelosas aguas del Nilo, en cuyo vientre merodeaban las fauces formidables de los hipopótamos y las temerosas bocas llenas de afilados dientes de los cocodrilos; a enamorarme del color dorado de las arenas del desierto, en las horas más mansas de la tarde; a cantar, a bailar, a rezarle al único dios verdadero, el disco solar de Atón, que todo lo vivifica y lo realza con su sola presencia irreemplazable…